Por: Jaime Arocha

Marimbas y 'méndigos'

Germán Patiño es un antropólogo compenetrado con el Afropacífico, quien creó el Festival Petronio Álvarez.

Una de las músicas que celebra es la de la marimba de chonta, cuya matriz africana consiste en una técnica de afinación comparable a la que se usa con aquella marímbula de láminas metálicas que en el Congo se conoce como likembé y se toca con los dedos. Esa memoria interválica africana ha perdurado por doscientos años para resistir a la persecución de los misioneros por el carácter diabólico que le han atribuido. De esa matriz africana también da cuenta la relación dialógica en la cual se trenzan los marimberos con las tres o cuatro cantaoras o cantaores, así como con los intérpretes de la percusión, consistente en dos tamboras de doble parche, dos cununos de troncos más delgados abiertos en su extremo inferior y guasáes de guadua rellenos de semillas de achira que las cantaoras mecen de izquierda a derecha. El musicólogo Ángel Quintero nos hace sensibles a la horizontalidad de los afrosaberes musicales: los tonos graves reiteran melodía y ritmo en diálogo con las improvisaciones a cargo de los tonos agudos, de modo que es difícil que un conjunto musical toque la misma canción dos veces. De gran refinamiento, las creaciones para marimba sobresalen en ritos fúnebres y fiestas patronales, pero se esgrimen contra la narcoimposición violenta de corridos y músicas de despecho.

Infortunadamente, uno de sus escenarios en el Patía quedó incluido en la cartografía de probables genocidios. Según la prensa el 14 de septiembre, ‘Los Rastrojos’ liberaron a 9 de las 13 personas secuestradas en Cumbitara, Nariño. Sin embargo, ese mismo día, personas de la región hablaron en la Universidad Javeriana, dentro del “Primer Coloquio Interdisciplinario Lenguas y Culturas en Contacto, Creolización y Cimarronaje”. Explicaron que en Magüí Payán había 350 desplazados por la lidia entre bandas y guerrillos para controlar rutas de cocaína desde Barbacoas a Satinga y Tumaco. El Gobierno les ha fumigado cañaduzales, yucales y platanales con tanta insidia que deducen que se trata de una estrategia para desterrarlos. Así ejercen la resistencia que los arraiga, persistiendo en sus siembras tradicionales. Preferirían que Familias en Acción no los volviera méndigos del Estado y que éste más bien interviniera ofreciéndoles a sus economías garantías equivalentes a las que les da a los agricultores industriales de palma aceitera y a la Lenco, compañía de mineros norteamericanos que han vuelto a sacar el oro de por allá. Aspirarían a que las fuerzas armadas las protegieran, en vez de exigirles —como lo hacen con los indígenas del Cauca— que se responsabilicen de la expulsión de la guerrilla. Las perciben como laxas frente a los paramilitares insertados hace por lo menos diez años.

El 18 de septiembre, Afrodes (Asociación de Afrocolombianos Desplazados) informó que las 4 personas que permanecían secuestradas habían sido asesinadas y que los desplazados habían retornado a sus comunidades, con todo y que el Gobierno no les había ofrecido garantías para la seguridad a la cual aspiraban. La tenacidad de esas comunidades neutralizará los intentos que oro, coca y palma hacen por silenciar la marimba de aquellos afluentes del río Patía que moldean sonidos evocatorios de aguas cristalinas.

 

 

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