Por: Ignacio Zuleta

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UNO DE LOS ASPECTOS MÁS IRRItantes de la Bogotá cotidiana es la dispersión generalizada en las relaciones interpersonales y en el desempeño de un oficio. Nadie está en lo que está.

El listado es infinito, pero los ejemplos clásicos comienzan con el vigilante que se duerme; la mesera que trae el pedido al revés; el conductor de la buseta que está tan ocupado en devolver el cambio, sintonizar el radio, pelear con la competencia, voltearse el mondadientes y contestar el celular, que su última prioridad es conducir; la del “sistema” de la EPS que chatea y se ríe mientras uno hace cola de dos horas para que te colaboren con el cólico renal; el vendedor del almacén que nunca termina de atenderlo a uno cuando ya está malatendiendo a otro, o el policía de tránsito que coquetea con la veci mientras el trancón del semáforo se agrava porque todos bloqueamos el cruce sin reato.

Como hemos visto que en otras culturas interrumpir una conversación es feo, y los vendedores, si les pagan bien, se enfocan en el cliente y mientras esté ahí lo escuchan y procesan lo que escuchan, el conductor del bus no se distrae y el policía sabe lo que hace, me he puesto a pensar en el porqué y a preguntarles a los amigos lo que opinan al respecto de este síndrome. Resumo las respuestas en los siguiente párrafos.

Los más bondadosos argumentan que esta compleja característica se debe, entre otras cosas, a que el pobre ciudadano se demora dos horas en llegar a su trabajo y tres en regresar hasta su barrio; el jefe espera de él o ella que sea una maquinita para realizar multitareas, y a esta víctima de una educación que no enseña a enfocar el cerebro sino a repetir como una lora para el Icfes, no se le puede exigir que sea distinta. Y añaden que somos tropicales y no hay nada que hacer y que, además, así nos gusta.

Los más versados en sociología dicen que presumimos de ser un país en vías de desarrollo, pero que no estamos preparados pues no hay disciplina ciudadana, nos queda grande la megalópolis cuyo crecimiento es tan veloz que nos toma de sorpresa y que en una sociedad del sálvese quien pueda la gente vive a la defensiva, más ocupada del transporte, el estatus y la pinta, que del otro.

El yoga diagnostica que el estrés producido por una insoportable estimulación del sistema nervioso generada por los ruidos, los medios, las presiones monetarias y la carencia de herramientas mentales para combatir el bombardeo, produce un déficit de atención inevitable que se traduce en el caos que vivimos.

Los menos optimistas alegan que el colombiano es por naturaleza de mala leche, que no lo obliga nada distinto de su ego, que le importa un chorizo incumplir o ser mediocre, que somos puro teatro y en realidad fingimos que hacemos y que oímos, pero es mera pantalla, de Blackberry. Quizá el alcalde sugiera camisetas de “¿Cómo me conduzco?” pero ya me imagino a la Bestia del #666 distraída tentando a las amigas con cosméticos a crédito, y la línea ocupada.

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