Por: Piedad Bonnett

Martillar contra los delitos de poder

“Las violencias misógina, homofóbica y transfóbica son formas de disciplinamiento que el patriarcado tiene hacia todos aquellos que desafían su mandato y su soberanía”. Las palabras de la antropóloga argentina Rita Laura Segato, una de las feministas contemporáneas más serias, lúcidas y originales en su análisis sobre la relación entre masculinidad y violencia, vienen como anillo al dedo a la hora de explicarse el porqué de ciertas formas de tortura ejercidas durante el conflicto, sobre todo en el caso de los paramilitares, pero también de la guerrilla y de los agentes del Estado.

Un informe del Centro Nacional de Memoria Histórica titulado “Autodefensas Campesinas del Meta y Vichada”, presentado el martes en Planas, Puerto Gaitán, denuncia cómo las principales víctimas de los paramilitares —amparados muchas veces por la complicidad de las autoridades— fueron trabajadoras sexuales, adolescentes, miembros de la comunidad LGBTI y mujeres que desatendían sus “leyes” trabajando en cantinas, saliendo de rumba o, supuestamente, colaborando con la guerrilla. Muchas veces el castigo a las mujeres —según resumen hecho por Guillermo Reinoso en El Tiempo— fue “calvearlas”, hacerlas desfilar desnudas por el pueblo, esclavizarlas, violarlas y matarlas. “Si yo sabía que iban a matar a la hembra, yo primero me la llevaba al monte”, dice un desmovilizado en la crónica.

Para Rita Segato, estos no deberían ser llamados “delitos sexuales”, sino delitos de poder, porque lo que hacen estos criminales, que se erigen como dueños de la vida y la muerte en sus territorios, son “actos de moralización por desacato a la ley patriarcal”, detrás de los cuales lo que late es el machismo rampante, con su autoritarismo ancestral y su visión jerárquica, su miedo a la autonomía femenina y su desprecio por la mujer y por los homosexuales y los transexuales que atentan contra su idea de masculinidad. La violación de mujeres no sería otra cosa, según la antropóloga, que una manera del macho de obedecer a un falso mandato de la masculinidad para probar su potencia y crueldad en el cuerpo de las mujeres. Pero, además, ese “último gesto (la violación) que es un crimen, es producto de una cantidad de gestos menores que están en la vida cotidiana, que no son crímenes, pero que (…) van formando la normalidad de la agresión”.

Por todo eso resulta tan significativo que la artista Doris Salcedo haya puesto a mujeres víctimas de la violencia de la guerra a martillar las láminas que resultaron de la fundición de las armas entregadas al fin del conflicto. El martilleo de estas mujeres les permitió saldar cuentas con su rabia, con su dolor, con sus pérdidas, y recordarnos a todos que el arte redime y sana y que estamos dando la batalla por la igualdad de géneros, hasta el final.

Coda: sentido adiós a Belisario Betancur, un hombre honesto, un humanista que creyó en la paz y en la capacidad transformadora del arte y la cultura. A él le debemos, entre muchas otras obras culturales, la fundación de la Casa de Poesía Silva, tan acabada hoy que ni siquiera tuvo a bien invitar a las exequias del expresidente. Un gesto tan revelador como el del presidente Duque, que fiel a su desconexión de la realidad sacó su aviso de despedida… al día siguiente del entierro.

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2018-12-16T00:00:50-05:00

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