Por: Julio César Londoño

Martínez se alzó con “el Gabo”

El escritor argentino Guillermo Martínez ganó el Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez.

Acertó el jurado, donde había petardos como Mempo Giardinelli (un charlatán insufrible), pero también tipos atentos, como el mexicano Ignacio Padilla, creador de una delicatessen, Amphytrion, y Antonio Caballero, el autor de Paisaje con figuras, uno de los mejores libros de crítica de arte y literatura que hayan visto mis viejos ojos.

Martínez ganó con Una felicidad repulsiva, libro que toma su nombre de un cuento del volumen, la historia de una familia cuyos miembros son cultos, ricos, esbeltos, bellos y deportistas, es decir, asquerosamente feliz, de esos que existen sólo para hacernos sentir bacterias religiosas, Gregorios sin Kafka ni suerte, hasta que Martínez llega y nos venga a todos.

Es autor de Yo también tuve una novia bisexual, y de Crímenes imperceptibles, una novela policíaca cuyas pesquisas involucran la filosofía, la historia y la lógica matemática. El libro se ha leído en 35 idiomas y fue llevado al cine como Los crímenes de Oxford por el director español Álex de la Iglesia.

Otra novela suya es La mujer del maestro, la historia de un estudiante de literatura que le pide consejos para triunfar a su profesor, un escritor consagrado y maduro. Está escrita con una prosa de mucha textura, una erudición decantada, una tensión que oscila entre la bondad y la perversión, y encierra un homenaje en clave a La lección del maestro, de Henry James, uno de los dioses tutelares de Martínez (en la novela de James, el maestro le traza a su joven discípulo un programa que incluye viajes largos y duros sacrificios que finalmente lo llevarán a la gloria... y a perder la novia, que termina en las garras del maestro).

Borges y la matemática (Martínez tiene un posgrado de Oxford en la materia) es una historia anómala de la matemática, por tres razones: porque es legible incluso para lectores analfanuméricos, está muy bien escrita —es una historia más literaria que matemática— y en ella aparece, por fin, un latinoamericano, Gregory Chaitin, un matemático estadounidense de padres argentinos, radicado en Buenos Aires y amigo de Martínez.

Gödel para todos es un estudio sofisticado del teorema de incompletitud de Kurt Gödel, el resultado más profundo de la historia del pensamiento, y de Gödel, un monstruo lógico a cuyo lado Gauss, Newton y Leibniz parecen chicos aplicados.

El experimento de la habitación china es un ensayo que empieza reflexionando sobre la inteligencia artificial y el test de Turing y termina suspirando sobre las ansiedades del amor.

Es saludable que se premien y se conozcan los complejos cuentos de Martínez, sobre todo ahora, cuando proliferan los cuentos existenciales, los bodegones en prosa y las historias lánguidas, como las de Alice Munro, y el culto a Chejov, ese autor que sólo desdeñaba tres partes del cuento: el inicio, el medio y el final.

El domingo, en estas mismas páginas, la columnista Bonnett se ocupó sin piedad de mi trabajo. Sacó del liguero un puñal perfumado y me lo enterró en el cuello hasta la empuñadura. Puso en entredicho mi sapiencia en los astronómicos asuntos y hasta osó criticar apartes del obituario de Álvaro Mutis que me valió el Premio Simón Bolívar en Crítica Literaria (galardón que H. Bloom, G. Steiner y la Academia Francesa de Letras han calificado como “merecidísimo”). Debería responderle con energía, pero estoy tan halagado de que semejante escritora se ocupe de mis ejercicios periodísticos, que no he podido acopiar la rabia necesaria para cantarle la tabla.

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2014-11-28T20:18:46-05:00

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