Por: Rodolfo Arango

Mártires informáticos

Los integrantes de WikiLeaks han vuelto esta semana a sacudir la política internacional. Cumplen lo que prometieron.

Con la técnica del goteo, van soltando información clasificada, altamente sensible, que delata el juego sucio de los gobernantes mundiales, incluso entre aliados. Esta vez correspondió el turno al gobierno Obama. WikiLeaks revela que el Tío Sam no tuvo empacho en espiar no precisamente a sus enemigos sino al gobierno de Francia.

Julián Assange, padre de WikiLeaks, y Edward Snowden, excontratista norteamericano que denunció el masivo espionaje cibernético de su gobierno, se han convertido en ídolos mundiales, pese a que con sus actos de denuncia presuntamente violaron leyes penales. Para muchas personas no son más que mártires por denunciar la opresión organizada. Ambos personajes simbolizan la defensa de principios de justicia sobre intereses colectivos o estratégicos de los estados.

El asilo y fuga de los héroes electrónicos resume una gran paradoja de la sociedad tecnológica, que con sus grandes ventajas genera al mismo tiempo enormes riesgos. ¿Quién no quisiera hoy en día tener rápido acceso a la información en internet? ¿Pero, nos hemos preguntado a qué costos cuando cualquier ingreso a páginas de la red queda registrado en centrales informativas que generan perfiles detallados de los usuarios? La técnica desarrollada implica también el atentado masivo a la privacidad. Adicionalmente, la información recaudada es secreta y es utilizada a su arbitrio por gobiernos con acceso privilegiado a los bancos de datos. Conclusión de todo ello son la lesión de la autonomía personal y el resquebrajamiento de la legitimidad del poder público.

Cual nuevos Sócrates, Assange y Snowden toman a su manera la cicuta. Condenados al destierro y al encierro para evitar la prisión por sus denuncias, resisten una penosa vida de asilo o fuga que, oh paradoja, termina por inspirar a defensores de la libertad y luchadores contra la opresión. Con sus trasgresoras revelaciones de información reservada, muestran al rey en su desnudez. La inmoralidad de los poderosos sale a flote; ni la amistad ni las alianzas resisten a la capacidad técnica de instrumentalizar a otros, incluso amigos, con tal de alcanzar fines colectivos.

Las democracias contemporáneas deben reflexionar y actuar frente a los desafíos que supone la sociedad transparente, del gran hermano, en la cual todos y cada uno de nosotros somos observados y donde la información recaudada es utilizada selectivamente. Esto porque el aumento del poder tecnológico trae aparejado el declive de la legitimidad de los gobiernos que lo usan, incluso si lo hacen en nombre de la libertad. Más equitativo sería que todos los centros de información fuesen públicos. La publicidad es fundamento de la justicia. Lo que no pueda ver la luz y ser sujeto al escrutinio público no puede ser un medio lícito para asegurar objetivos deseables.

El voyerismo de la sociedad virtual no puede llevarnos a renunciar al respeto de la privacidad; tampoco a declinar la exigencia de publicidad para los actos y decisiones oficiales. Tal renuncia significaría dar paso a un régimen opresor, donde como en El Proceso de Kafka, somos conducidos al patíbulo sin saber por qué ni por quién. Lo terrible de todo esto es que Assange y Snowden, denunciantes de la opresión mundial organizada, son conducidos a su propio patíbulo ante la complacencia o ignorancia de millones de víctimas de dicha opresión.

 

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