Por: Lorenzo Madrigal

Mártires no beatifican todos los días

No, no es una alusión al Cóndor Lozano ni tampoco al famoso libro de Álvarez Gardeazábal. Quiero referirme al espíritu de avanzada del Sumo Pontífice, sencillamente llamado Francisco, de llevar a los altares, sin milagros requeridos, a dos religiosos que fueron víctimas y no de cualquier manera, sino vejados y torturados, de la violencia política, en dos episodios de sendas y diversas épocas y circunstancias.

Ocurrirá el 8 de septiembre próximo en la ciudad de Villavicencio. Allí estaría, pero la romería papal y una ciudad atestada, donde no está previsto ni un huésped ni un auto más, me impedirían llegar. Insisto, es novedoso que la exigente Curia Romana dé lugar a estos procesos, en que de una u otra manera están involucrados elementos de historia política y revolucionaria.

Por años se le reclamó a la Iglesia la canonización del jesuita Padre Pro, fusilado en tiempos de la revolución mexicana y quien murió, aún joven, emitiendo aquel grito: “Viva, Cristo Rey”. Se demoró su beatificación 61 años (de 1927 a 1988) mientras se entendió el sentido antirreligioso que tenía la persecución. Hoy en día México se caracteriza por el auge de la fe católica, como si la sangre del mártir hubiese fructificado.

Dígase lo mismo del arzobispo de El Salvador, Oscar Arnulfo Romero, asesinado por sicarios de extrema derecha mientras adelantaba el oficio litúrgico. Su sangre sobre el altar y el presbiterio se confundió con las especies transubstanciadas del pan y del vino. Pero el recelo por afectar intereses políticos demoró este proceso, acelerado igualmente por Francisco.

Aquí, los dos casos “a beatificar”, diríase que a domicilio, fueron en cierto modo políticos. El padre Pedro María, quien, no me cabe duda, predicó contra los liberales (y habría que ver cómo apostrofaban estos contra los curas), asesinado Gaitán en Bogotá, padeció el cobro de la turba enfurecida, al día siguiente, el 10 de abril de 1948. Pero es muy claro que se le vejó, torturó y asesinó como religioso y predicador, por el odio ancestral a la Iglesia.

Pasó algo parecido con el obispo de Arauca, pese a su altísima dignidad si la sacerdotal no fuera suficiente. Monseñor Jesús Emilio fue sacrificado, en forma infame y cruel, por la guerrilla. Quienes justifican el asesinato y la tortura, dirán que se trató de un crimen político, pero ahora se reivindica, que antes que otra cosa se atentó contra la Iglesia, en uno de sus pastores.

Falta por verse qué ocurra, en los días sucesivos, con el crimen en la persona, así mismo sagrada y de discurso muy valiente, de monseñor Isaías Duarte Cancino, de toda mi devoción humana y religiosa, cuyo asesinato se lo discuten la guerrilla y el paramilitarismo. Qué más da, fue un santo mártir y no requiere milagros. El mayor milagro fue el de su vida.

 

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