Por: Sergio Otálora Montenegro

Más allá de los lugares comunes

Estados Unidos y el mundo no volvieron a ser los mismos después de los ataques terroristas del 11 de septiembre. Ese es el gran lugar común, la frase de cajón más repetida hasta la saciedad, que no dice nada. Es puro cuento.

Por supuesto: para muchos, en lo personal, la tragedia de la pérdida de un ser querido, un amigo o un compañero de trabajo, en ese día inolvidable, les trastocó para siempre su existencia. Poco tiempo después, cuando el aturdimiento inicial había menguado, la vida colectiva siguió el camino de siempre, con algunos ajustes incómodos, como las medidas de seguridad en los aeropuertos. La dirigencia política, liderada por los halcones republicanos, se ponía de acuerdo para lanzarse a la guerra en Afganistán, con el propósito de acabar con el Talibán, y perseguir y liquidar a Osama Bin Laden, directo responsable de la masacre. Era la receta de siempre: poner a funcionar el poderío militar “del imperio” con la excusa de proteger las libertades amenazadas. 

Meses más tarde, la creación de un sistema de cárceles clandestinas regadas por el planeta, permitió que cientos de musulmanes “sospechosos” fueran torturados, y a veces asesinados, con el propósito de evitar una nueva incursión de los guerreros santos en Estados Unidos, país al que el terrorismo islámico le había declarado la guerra. Dos años después, mediante falsas informaciones de inteligencia y manipulaciones de información, manejadas por la pandilla de neoconservadores que gobernaba en la Casa Blanca, el Tío Sam invadió Irak -sin la aprobación de las Naciones Unidas- en medio de una gran oposición mundial, pero con el beneplácito de los medios de comunicación y los líderes de opinión más influyentes de la unión americana. 

Mientras tanto, el conflicto de Israel y los palestinos se intensificaba, y el mundo musulmán seguía viendo a Estados Unidos como un invasor de sus territorios, una potencia dispuesta a imponer su ideología a cualquier precio y un poder militar que atacaba a la población civil en el camino de derrotar a los criminales. El resentimiento se ahondaba con escándalos como el de la cárcel de Abu Grahib, y la muerte permanente de inocentes, como en el caso de los ataques de los aviones no piloteados en Pakistan, que han golpeado población inerme y dejado un odio larvado hacia Washington.

La respuesta a los hechos sangrientos del 11 de Septiembre, por parte de quienes detentaban en ese momento el poder, expresó la limitada visión de una parte influyente de la clase dirigente gringa y su incapacidad para generar un liderazgo que fuera más allá de la venganza y el ajuste de cuentas. El columnista del New York Times, Thomas Friedman, lo resume de manera exacta: “Utilizamos la Guerra Fría para llegar a la luna y crear nuevas industrias. Utilizamos el 9/11 para crear mejores escáneres que revisan a los viajeros en los aeropuertos y más agentes de la Administración de Seguridad en el Transporte” (T.S.A, por sus siglas en inglés).

Diez años después, uno podría atreverse a especular que la aguda crisis financiera de Occidente, la recesión mundial que no da su brazo a torcer (a pesar de lo que digan el Banco Mundial, el FMI, o el Secretario del Tesoro) y el infantilismo de la tendencia más extremista del Partido Republicano (el Tea Party), no son subproductos o están relacionados con la tragedia que, mañana hace dos lustros, enlutó a miles de familias estadounidenses. Sólo un detalle: a pesar de su gravedad, un golpe como el de Al Qaeda, no tumbó el índice de confianza del consumidor norteamericano. Pero sí la crisis política generada en Washington por las negociaciones del tope de la deuda pública. Este espectáculo decadente dejó en claro que la polarización y el objetivo de los republicanos de llevar al colapso total el gobierno de Obama, han hecho mucho más daño que los ataques terroristas de Bin Laden.

El ejército más poderoso de la tierra fue derrotado en Vietnam. Pero después del 11 de Septiembre, se quebró en mil pedazos el mito de la invulnerabilidad de Estados Unidos en su propio territorio. Las actitudes y acciones de ese país que generan expresiones delirantes como la pandilla de Bin Laden, no han cambiado en lo fundamental desde aquel septiembre negro, que alteró sin atenuantes la vida de muchos, pero no el rumbo de un imperio que se niega a ver el mundo de otra manera.

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