Por: Álvaro Camacho Guizado

Más allá de los trinos de Uribe

DIFÍCIL PENSAR HACE UNOS AÑOS que el destino nos depararía presenciar una creciente contradicción, llena de tensiones, entre el entonces presidente Uribe y su ministro de Defensa, Juan Manuel Santos.

 

Parecía que las frecuentes diatribas de Uribe contra los oligarcas bogotanos no eran suficientes para distanciarlos, y todo apuntaba a que Santos compartía con Uribe la mayor parte, si no la totalidad, de las políticas del gobierno.

Pero vino lo que poca gente se esperaba: un destape permanente de casos de corrupción, que llegaba hasta los más cercanos miembros del sanedrín del expresidente; duras diferenciaciones con algunas de las políticas más definitorias de sus orientaciones, y, sobre todo, un cambio bastante radical en el talante: de las rabietas, regaños y excomuniones hemos pasado a las sonrisas, argumentos y esfuerzos para ganar simpatías mediante convicciones presentadas con argumentos que desarman a los contradictores.

Sí, los cambios son muy fuertes, y Uribe se ha encargado de hacerlos más visibles mediante su terca insistencia en buscar camorras a través de cortos mensajes de computador. Lo que se ha llamado la viudez de poder se ha hecho tan evidente que ya hasta algunos de sus más allegados seguidores empiezan a distanciarse: no sólo por el aburrimiento que significa leer los mensajitos, sino porque muchos de ellos son mal redactados y carentes de lógica.

Pero más allá de esos detalles, hay cambios que a la par que hieren el ego de Uribe, suscitan adhesiones de amplios sectores de la opinión pública: la Ley de Víctimas, la política de tierras, el manejo de las regalías, el manejo de las relaciones con eso que llaman comunidad internacional, y especialmente con los vecinos Venezuela y Ecuador.

Son políticas que tienen que hacer que se sienta algún alivio y se mire con cierto optimismo el futuro del proceso de democratización de la sociedad colombiana, lo que contribuye más aún a distanciar a los dos prohombres.

¿Y qué tal que resultara cierto que los miembros de las bandas criminales realmente están dispuestos a entregarse y cesar su actividad genocida? Si se lograra ese desarme tendríamos una evidente reducción de la violencia, pero es difícil esperar que lo hagan antes de las próximas elecciones, porque los barones electorales, los ilegales que aspiran a ganar curules e incrementar su control sobre la población de las diferentes regiones mediante la alianza con los armados, harán sus mayores esfuerzos para impedir esa desmovilización.

En efecto, lo que está en juego no es poca cosa: se trata del apuntalamiento de órdenes sociales violentos y corruptos que garanticen la pervivencia de la dominación de los herederos de los parapolíticos.

Si Santos logra un exitoso desmantelamiento de las bandas criminales, si consigue que los próximos comicios al menos sean limpios y pacíficos, habrá contribuido a hacer que la borrascosa parapolítica de los tiempos uribistas sea un asunto del pasado.

No se trata de ser “santista”, pero sí de apoyar esos proyectos del presidente, ya que si logra sacarlos adelante contribuirá a ahondar el abismo entre él y Uribe, y eso será un síntoma de sanidad.

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