Por: Cristo García Tapia

Más allá y acá de “El Paisa”

Antes y después  y ahora con la salida, “por razones de seguridad”, de Oscar Montero, “El Paisa”, de la zona veredal de Miravalle, cuanto deja al descubierto y en profundidad esta salida y vuelta a casa, es que el Acuerdo de Paz suscrito entre el Estado y las FARC- EP, no ha encontrado la entrada ni la salida que dé en el cumplimiento, por parte del Gobierno, de cuanto se comprometió en La Habana, y ratificó en Cartagena, con una fuerza guerrillera que, a su vez, comprometió su desmovilización y la dejación de sus armas para incorporarse a la lucha política.

Cuanto está sobreviniendo pareciera que hubiese sido “diseñado” para que ocurriese tal cual se está desarrollando en el tiempo real del proceso y no del modo como acordaron, pactaron y suscribieron las partes que dieron en poner fin, mediante Acuerdo con fuerza constitucional y de ley, al conflicto armado de más de medio siglo que nos traía acogotados a los colombianos a punta de balas, violencias múltiples, crímenes y merma creciente del aparato productivo nacional.

Más allá y acá de si un comandante, mando medio, combatiente desmovilizado entró, salió, volvió o no, a su lugar de concentración, que no de reclusión ni detención, apenas si viene a ser prosaico, accesorio, en este trascendental asunto de la paz, el postconflicto y la inserción en la vida política del país, en la institucionalidad y la sociedad en su conjunto, de un vasto número de colombianas y colombianos excluidos de todo y en todas en razón de su ideología, opción y militancia política, no afines a las consentidas históricamente por el sistema, poderes e intereses prevalecientes.

Si todo se redujera a las salidas y entradas de combatientes desmovilizados a sus zonas veredales, incluso a su deserción del proceso, y no es lo deseable después de tanto pulso que hemos hecho por la paz, la situación no pasaría de ser episódica, propia de las dinámicas inherentes a este tipo de emprendimientos, pero la cosa es mucho más seria y de implicaciones imprevisibles y nada venturosas para el país.

Y con una concurrencia de salidas, ahí sí sin tiquete de regreso, todas de alto riesgo y nada deseables para una nación a la cual ha costado tanto en tan poco tiempo, aclimatar las expectativa de convivencia y confrontación por vía diferente a la de las armas que ha traído consigo la negociación que hoy, y es lo que se percibe y los hechos de incumplimiento del Gobierno ratifican, se hace “trizas”  en las manos que deberían protegerla y fortalecerla en su permanente desarrollo y consolidación.

Que “El Paisa”, o cualquiera de los guerrilleros desmovilizados en ellas salgan o entren a las zonas campamentarias no es lo grave, ni lo que pueda dar al traste con unos acuerdos que, eso creíamos los colombianos, se concibieron para el fin supremo, imperativo en nuestra Constitución, de la paz.

Es su incumplimiento en componentes determinantes para su continuidad y conveniencia colectiva cuanto está llevando a la  encrucijada que dará en liquidarlos y devolvernos, por enésima vez, al estado morboso de la violencia, a la guerra, al exterminio de las nuevas organizaciones políticas surgidas bajo su amparo renovador, al estancamiento a perpetuidad  de la economía y del aparato productivo en su conjunto.

A que los paramilitares, bandas criminales, mafias y narcotraficantes, tomen el control del territorio, refunden la patria, capturen sus rentas, sometan la institucionalidad y obliguen a los desmovilizados a tomar las armas para defenderse y por ahí, devolverse al monte y quemar otra vez las naves de la paz, desandar los caminos de la convivencia y hundirnos de nuevo en otro medio siglo de renovadas y redivivas violencias.

A alguien, a algunos, debe convenir y servir con creces su interés particular ese “nuevo orden”, para que el Gobierno juegue sus restos a echar por la borda la paz invocada, negociada y pactada antes del Nobel, y sin miramiento alguno ahora se le venga a hacer el quite con la marrulla de distraer su cumplimiento, enredarla y sacarificarla en el ara de las frustraciones nacionales tan consustanciales a ella en otros estadios de esta historia nuestra de comedias y tragedias.

Entre tanto, si ese es el mensaje que se le envía a la Mesa de Quito, pues ya sabe el ELN a qué atenerse. Y los colombianos, a despertar del sueño fugaz del fin de sus conflictos armados permanentes.

Poeta

@CristoGarciaTap

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