Por: Esteban Carlos Mejía

Más alto, más fuerte, más lejos

Dicen que en todo concurso literario el único que queda feliz es el ganador. Puede ser. Pero cuando la obra premiada es de jerarquía, los jurados también tienen derecho a ponerse contentos.

La semana pasada fui jurado de las Novenas Becas a la Creación Artística y Cultural Medellín 2012, en Novela. Mis compañeros fueron dos escritores vigorosos y solventes: Melba Escobar y Rafael Baena. Melba es una aventajada periodista y novelista bogotocaleña, experta además en gestión cultural. Y Baena es un costeño de todas partes, arraigado por ahora en Timaná, Boyacá, narrador de quilates, sí, señor.

Analizamos casi 30 propuestas, protegidas con seudónimo y sometidas a un escrupuloso formato de evaluación. Nos encantó una obra exótica, Los pintores, firmada por Luciano, una novela que cuenta la vida de tres pintores franceses del siglo XVI que vienen a América para dibujar este Nuevo Mundo y a sus habitantes. En medio de una avalancha de relatos truculentos sobre narcotráfico, guerrilla, paracos y travestis, premiar una novela histórica nos pareció refrescante. ¿Acaso excesivo? No creo. Marguerite Yourcenar, en las notas a Memorias de Adriano, señala que “los que consideran la novela histórica como una categoría diferente, olvidan que el novelista no hace más que interpretar, mediante los procedimientos de su época, cierto número de hechos pasados, de recuerdos conscientes o no, personales o no”. Luciano resultó ser Pablo Montoya, a mi juicio, uno de los secretos mejor guardados de la literatura colombiana, escritor inteligente, versátil y fino.

También ganó El sueño de la luna, firmada por Dante. Pese al seudónimo masculino, el tono y el estilo se nos revelaron eminentemente femeninos. Es una novela atrevida y autónoma, que recrea la historia de una familia a través de las voces de sus mujeres y con la línea del tiempo invertida, al estilo de The curious case of Benjamin Button. Su autora es Diana Ospina, coguionista de La vendedora de rosas, del ya mítico Víctor Gaviria.

Tal vez caiga mal que un jurado ensalce su trabajo, pero haber premiado dos proyectos tan distintos y a la vez tan particulares me llena de cierto orgullo. La posta del relevo —ahora que estamos en plenos Juegos Olímpicos— quedó más alta, más lejos y más fuerte, a salvaguarda de la obscenidad, la falta de imaginación y el facilismo de la sicaresca y la pornomiseria.

Rabito de paja: “Sin pretender sacar una regla general de un caso particular, a Colombia no le conviene la reelección de los presidentes. El poder se concentra en pocas manos, en vez de redistribuirse mediante la ocasión que se ofrece a otras gentes de ejercerlo y dirigirlo. El exorbitante régimen presidencial que funciona entre nosotros y el peso creciente de la burocracia, pueden conducir a un continuismo desastroso cuando un gobernante, ávido de mando, se consagra, directa o indirectamente a través de sus subordinados, a montar una maquinaria que le permita a los cuatro años reasumir la suprema autoridad. Elevar a norma constitucional el principio absoluto de la no reelección sería por eso un comienzo de salud pública”: Gerardo Molina, septiembre de 1977.

 

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