Por: Daniel Pacheco

Más coca y menos muertos

En los últimos diez años, y a pesar del aumento enorme en la cantidad de coca sembrada en Colombia, ha caído la tasa de personas asesinadas en los municipios donde se siembra coca. ¡Sorprendente! Aunque hay más coca, mucha más, también hay menos muertos, muchos menos. El dato lo trae Juan Carlos Garzón, investigador de la FIP, en un artículo publicado en Pacifista. Según Garzón, “la tasa de homicidios en los municipios con cultivos de coca cayó radicalmente en la última década, pasando de 74,6 por cada 100.000 habitantes en 2006 a una tasa de 36,4 en 2016 —es decir, un descenso del 51 %—”.

En un país donde la prioridad de la política contra las drogas fuera la vida de la gente, y no la cantidad de hectáreas de coca sembradas o erradicadas, esta sería una gran noticia. Sería una gran noticia, incluso frente a la preocupación por el incremento de los cultivos ilícitos. De hecho, sería una noticia tan buena que si este descenso en los homicidios fuera atribuible a una política estatal de ese país, esa política sería considerada un gran éxito.

Ese país, desafortunadamente, no es Colombia. La preocupación por “estar nadando en coca”, acuñada por el Centro Democrático y ventilada con generosidad por los vargaslleristas de la página editorial de El Tiempo del domingo, Vargas y Nieto, está totalmente divorciada de lo que está pasando en las zonas donde se produce la coca, a saber, a la gente hoy la están matando menos. En su insistencia por ganar puntos criticando al Gobierno y volver a las medidas de fuerza del pasado, incluyendo la fumigación aérea, parecen más preocupados por la salud de la juventud estadounidense que por la de los cocaleros colombianos sobre quienes quieren regar herbicida.

Convertir el “estar nadando en coca” en una nueva causa política para la necesidad de regresar con mano dura en política de drogas, bien sea del Centro Democrático o de Cambio Radical, debería, al menos, hacer inventario del descenso importante de la violencia asociada al cultivo de la hoja de coca. Sobre todo en partidos como el Centro Democrático, que a través de propuestas como la del representante Samuel Hoyos, de abrir salas de consumo controlado de drogas para adictos, están poniendo primero la vida de las personas, antes que la erradicación de las drogas, consumidas o sembradas. (Que alguien le avise a Iván Duque, María del Rosario Guerra y Rafael Nieto, pues andan promoviendo el regreso a la penalización del consumo).

El problema sigue siendo, sobre todo en el tema de las drogas ilícitas, que se sigue haciendo política basándose más en prejuicios y cálculos electorales que en hechos y datos. Todavía hoy parece que valiera más una hectárea erradicada que una vida salvada, un kilo confiscado que un consumidor recuperado.

Parte de ese problema es político. Otra parte es científico. Hoy todavía los investigadores no saben, por ejemplo, exactamente por qué ha incrementado la cantidad de coca sembrada y por qué ha disminuido la violencia. Garzón tiene algunas sugerencias: domesticación de grupos criminales, consolidación del negocio, incluso el proceso de paz, pero faltan datos para comprometerse. Y si las certidumbres impopulares no dan votos, las hipótesis menos.

@danielpacheco

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