Por: Reinaldo Spitaletta

¿Más de lo mismo?

Los comicios en Colombia históricamente han estado signados por el fraude electoral, el clientelismo, por viejos y novísimos vicios como la parapolítica y la compra de sufragios. La tradición muestra los cuestionamientos a las elecciones desde el siglo XIX, como bien lo ha investigado, por ejemplo, el historiador de la Universidad de Harvard, David Bushnell.

Tal vez el mayor fraude electoral de nuestra bicentenaria republiqueta fue el de 1970, del que ya casi no hay memoria, porque otra característica del país es la amnesia histórica. El 19 de abril de ese año, el país se acostó con el ex dictador Rojas Pinilla –en trance de caudillo- como presidente y amaneció con Misael Pastrana como el ganador de las elecciones, en un fraude de enormes dimensiones que comprometió al entonces jefe de Estado Carlos Lleras Restrepo y a su ministro de Gobierno, Carlos Augusto Noriega.

Se recuerda que Rojas no impugnó los resultados, se opuso a la protesta popular contra el fraude y Pastrana se convirtió en el último presidente del excluyente Frente Nacional. Tiempo después, en periódicos y emisoras comenzaron a aparecer anuncios de un posible purgante, o de un jabón, o de un vermífugo, en fin, que no lo era. Era el grupo insurgente M-19 que justificó su fundación en el fraude electoral mencionado y su puesta en escena fue el robo de la espada de Bolívar, en enero de 1974.

El otro fenómeno electoral en el país ha sido la abstención. En las elecciones del pasado domingo volvió a ganar. Pero también ganaron los “herederos de la parapolítica”, como el Partido de Integración Nacional, llamado en el imaginario popular como el “tarjetón de La Picota”, que obtuvo una alta votación. No valieron las denuncias sobre la presunta influencia de grupos ilegales ni sobre las astronómicas cantidades de dinero empleadas en la campaña.

Detrás de bastidores los hilos los manejaron gentes como La Gata, el ex gobernador de Santander, Hugo Aguilar, y en general una serie de testaferros y corruptos. Esta situación no es de extrañar, pues ha sido la constante en los últimos ocho años, en los que la corrupción, la cultura mafiosa y las alianzas non-sanctas entre delincuentes y políticos se volvió un estilo.

En la tediosa jornada electoral del domingo, tal vez medio salpicada de emociones por el “voto-finish” entre los godos uribistas Sanín y Arias, también sorprendió el Partido Verde. Mockus “vapuleó” a sus dos compañeros de canto (se autodenominaron los tres tenores) y se convierte en una alternativa presidencial para sectores de la pequeña burguesía, en particular la de Bogotá.

Y si por lo demás la maquinaria uribista mantuvo su poder, uno de los ganadores más significativos fue el senador del Polo Democrático, Jorge Enrique Robledo. No sólo porque está entre las cinco votaciones más altas del país, sino porque se puede interpretar su triunfo como el de la línea más consecuente de esa colectividad. De alguna manera, muchos sufragantes le estaban cobrando a las tendencias de Petro y otros sus escarceos con el uribismo y su voto por el inquisidor procurador Ordóñez.

Con Robledo gana una posición política coherente y de defensa de los intereses populares. Es una garantía para promover y protagonizar debates contra la corrupción y las intervenciones e injerencias foráneas en Colombia. Robledo, el mismo que volvió trizas a Andrés Felipe Arias, alias Uribito, y destapó la corruptela de Agro Ingreso Seguro, el mismo que denunció con valentía lo de las bases militares gringas, es, sin duda, uno de los triunfadores.

Con él gana la posición documentada y patriótica sobre (o contra) el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, pero también la claridad discursiva en la lucha contra las políticas neoliberales, las privatizaciones y los atropellos oficiales.

Lo que no es novedad en cuanto a las elecciones, es que, como la estructura está concebida para que las maquinarias politiqueras ganen, es que, ayer como hoy, la mayoría de curules estarán ocupadas por “más de lo mismo”, es decir, por aquellos defensores de un régimen excluyente que ha llenado de miserias y otros infortunios a los que ellos consideran como la plebe.

 

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