Por: José Roberto Acosta

Más dinero, ¿para quién?

Hoy circula en el mundo el triple de dólares que hace cuatro años y por eso su bajo precio, con perversos efectos sobre monedas como la nuestra, que revaluada no permite generar empleos en sectores diferentes al de materias primas como petróleo y minerales, y que inversionistas globales compran para protegerse de tan desmesurada emisión del billete norteamericano.

Ahora Europa entra en esa línea de emitir billetes para salir de su crisis y su Banco Central promete comprar la envilecida deuda de España e Italia y que el mercado desprecia, a pesar de sus altos rendimientos. Se había demorado por el conflicto político que esta maniobra implica, pues a diferencia de Estados Unidos, en el Viejo Continente no hay unidad fiscal y la utilidad que le genere a su banco emisor cada billete nuevo en circulación terminará favoreciendo por igual a los indisciplinados españoles e italianos, en detrimento de los austeros alemanes, que parecen ceder para evitar el colapso del euro.

Si fabricar un billete de diez euros cuesta medio euro, esta diferencia es ganancia para el Emisor y, por vía de sus estados financieros, para el gobierno del Estado, que fiscalmente se beneficia; sin embargo, esa riqueza no nace de la nada, sólo es un traslado de valor de los ciudadanos al Estado, un impuesto disfrazado, pues entre más billetes en circulación haya, menos será su valor y sus dueños finales podrán adquirir menos bienes y servicios con ellos. Además, si el Estado es secuestrado por el sector financiero a través del Gobierno, esas ganancias públicas de la emisión serán para subsanar sus problemas privados.

Si las ganancias de emitir dinero sin límite fueran para mejorar los sistemas de salud, educativos o de infraestructura también podrían ser reprochables, pues no dejan de ser el traslado de unos que pierden poder adquisitivo a otros que lo ganan. Pero como actualmente la inflación mundial no tiene visos de convertirse en problema, esta transacción oculta para salvar banqueros no es criticada abiertamente. Sin embargo, más temprano que tarde aparecerá y es ahí donde la autonomía de los bancos emisores frente al Gobierno constituye hoy la única garantía de los ciudadanos para que ese leviatán depredador no los empobrezca para salvar a los pocos privilegiados de siempre.

 

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