Por: Cecilia Orozco Tascón

¿Qué es más indigno: una foto o un ‘mea culpa’ obligado?

Me da pena, pero es más indigno obligar al general Alzate a admitir sus errores y a renunciar a la carrera militar delante de su familia y del país, que su foto con el guerrillero Pastor Alape. El Estado lo llevó a la humillación pública para salvar su malentendido honor.

Digo ‘su’, pero no hablo del honor del general. A nadie le importo el suyo. Me refiero al del presidente, el ministro Pinzón y la Fuerzas Armadas que, digamos la verdad, estaban preocupados por ellos: querían zafarse del ridículo en que se sintieron después de la, sí, muy extraña conducta del dimitente, pero ante todo, de la sugestión en que cayeron por las críticas recalcitrantes y feroces de la ultraderecha a la que, continuemos con la verdad, le tienen miedo.

La fotografía de un comandante del Ejército con un miembro del Secretariado de las Farc les puede caer como pedrada en el hígado a muchos. No obstante, ¿ese no es el objetivo del tan cacareado proceso de paz? ¿Para qué, si no, están sentados en la mesa de negociaciones el Gobierno y la guerrilla? ¿No era para terminar la guerra y “reconciliarse”? Hasta donde recuerdo, los pactos políticos se sellan, en el mundo entero, estrechando manos y abrazando al enemigo. Desde luego, no es lo mismo un saludo entre combatientes cuando ha concluido la firma de un armisticio, que cuando uno de los dos está siendo liberado por el otro, en medio de un conflicto. Aún así, ¿ven ustedes en la fotografía del escándalo hipócrita la cara de un guerrillero triunfante y la de un soldado martirizado? Apartémonos de la pasión iracunda que queda como rezago de los hechos armados y miremos con ojos de observador sensato la estampa: a un lado está un señor de sombrero (Alape), serio, aburrido y más bien desconcertado. En él no se dibuja, precisamente, a un Calígula demente. Al otro lado, un hombre corriente (Alzate), con un gesto que imita una sonrisa y que apenas esboza una mueca. No se nota a un sometido que estuviera al borde de ser baleado como dijeron algunos irresponsables, entre otras razones, porque allí se encontraba la delegación internacional de la Cruz Roja.

Alzate y Alape no están fundidos en actitud de entrega ni de rendición. Se cruzan los brazos, de acuerdo. Sin embargo, es clara su distancia. Allí lo que hay, señores miembros de la Logia de la Gran Dignidad Inexistente, es un registro de un momento y nada más. Otra cosa es la carga ideológica que cada quien le quiera dar al asunto. De esa carga de odios reconcentrados y no de la imagen, es de donde se desprenden las interpretaciones excesivas y, por supuesto, el daño que se le atribuye a la escena. No mientan: independientemente de las razones que tuviera el general Alzate para meterse en la boca del lobo sin ninguna precaución, fue mucho más dolorosa para él su alocución temblorosa, con su esposa tensa y sus hijos llorosos en la tarima, que una fotografía. ¿De qué extrañarse? Así le paga el diablo a quien le sirve.

Entre paréntesis.- ¿Cómo así que a un investigado que se fue para el exterior con el fin de evadir la acción judicial contra él, se le permite atender la audiencia en que le imputan la comisión de varios delitos a través de una pantalla digital que lo mantiene fuera del alcance real de la justicia? La señora Sandra Morelli tiene corona. Se la impuso el magistrado Fernando León Bolaño, del Tribunal Superior de Bogotá, el inventor de la justicia virtual. Imagínense ustedes a las cortes de Nueva York, Miami o Los Ángeles recibiendo declaraciones, vía Skype, de los verdugos del Estado Islámico que ejecutan norteamericanos. Si Sandra Morelli es vencida en juicio, el descubridor “cristóbal colón” Bolaño la mandará a una cárcel virtual, con celda y barrotes dibujados en computador. Justo castigo: ella cumplirá su pena y disfrutará, simultáneamente, de las bellezas de Roma. Para eso es reina.

 

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2014-12-02T23:00:00-05:00

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