Por: Gonzalo Silva Rivas
Notas al vuelo

Más lunático

La conquista de la Luna, hace 50 años, fue el acontecimiento más importante del siglo XX y, sin duda, el que más perdurará en los libros de la historia. Significó el mayor logro del esfuerzo combinado entre ciencia e ingeniería y el punto de quiebre en la acelerada carrera espacial librada durante casi dos décadas entre Estados Unidos y la Unión Soviética, tras el exitoso lanzamiento en órbita por parte de esta última del satélite artificial Sputnik 1, el 4 de octubre de 1957.

El sueño principal era lograr el primer alunizaje tripulado y este lo cumplió la NASA, el 20 de julio de 1969, a través de la misión Apolo 11 que permitió, a su vez, realizar la primera actividad extravehicular. Dos de los tres astronautas de la tripulación, Neil Armstrong y Edwin Aldrin Jr., bajaron hasta la superficie y durante dos horas y media, antes de regresar a tierra, husmearon los alrededores de pequeños cráteres, realizaron experimentos de medición e incluso descansaron sobre pequeñas hamacas colgadas del módulo lunar.

La férrea disputa por el control del espacio entre las dos superpotencias de la Guerra Fría emuló un constructivo espíritu de superación, multiplicó las inversiones en estudios e investigaciones y, efectivamente, plasmó en realidad el parte de victoria dado por Armstrong cuando anunció que la llegada a la Luna significaba un “pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad”. A partir de entonces, arrancó un desarrollo inimaginable de la tecnología, y la Tierra pareció reducirse para los humanos, que descubrieron un amplio horizonte de alternativas en el que podrían expandir sus actividades más allá de la órbita terrestre.

La industria aeronáutica y aeroespacial encontró en la exploración del espacio una opción viable para su crecimiento, gracias al legado que dejó esta precipitada revolución, representado en audaces avances en aerodinámica, conocimiento de materiales livianos y resistentes, y diseño y construcción de aeronaves, entre otros. La innovadora aparición de recursos y procedimientos técnicos puso a hacer cuentas a centenares de empresas sobre la posibilidad de convertir el espacio en un mercado viable para su explotación con fines comerciales.

Una vez disminuido el impulso de las superpotencias aeroespaciales, luego de que el presidente Nixon cancelara el programa Apolo rediseñado lentamente por sus sucesores Bush y Obama y que Rusia recibiera factura por los millonarios costos que le generó la simbólica maratón espacial, el turno del liderazgo pasó a manos de poderosas compañías privadas del sector aeroespacial que tomaron la iniciativa de sacarle dividendos en materia turística a este insondable espacio de oportunidades.

Aunque los viajes rutinarios al espacio con pasajeros no astronautas incluidos que desde finales del siglo pasado empezaron a anunciarse como realidad inminente aún no se han formalizado, varias empresas tienen trabajo adelantado en la implementación de sus propuestas y en la consolidación de sus equipos, para emprender otro nuevo forcejeo y convertirse en la primera en ofrecer servicios turísticos a escala masiva, más allá de los confines de la Tierra. Entre ellas figuran Virgin Galactic, del multimillonario Richard Branson; Blue Origin, del creador de Amazon, Jeff Bezos; Space Adventures; Orion Span o la rusa Roscosmos, que vienen potenciado sus turbinas en esta nueva carrera para poner en órbita no solo cohetes para el transporte de turistas sino, incluso, lujosos hoteles espaciales.

Los viajes turísticos al espacio exterior, en los límites de la frontera terrestre, podrían estar a tan solo algunos meses de distancia, con experiencias muy distintas a las que tuvieron años atrás un puñado de turistas espaciales que tras la llegada a la Luna contribuyeron, con costes millonarios, a financiar el lanzamiento de cápsulas con el compromiso de viajar en ellas hasta la hoy activa Estación Espacial Internacional, construida por media docena de países a 400 km de altura, en la órbita alrededor de la Tierra.

Dentro de la mira de los empresarios no es ajena, a mediano y largo plazo, la disyuntiva de expandir el turismo hasta la propia Luna, un destino prometedor y muy realista, según la Agencia Japonesa de Exploración Aeroespacial (JAXA), que espera llevar allí a sus primeros viajeros hacia 2030 y hospedarlos en pequeños complejos hoteleros, enclavados en la superficie del pequeño satélite natural.

Diversos países incursionan en esta otra era espacial, con naves operadas ya no por gobiernos sino por empresas privadas, para cumplirles el sueño a millares de potentados turistas que aspiran a experimentar la sensación de ingravidez alrededor de la Luna para, desde la infinita lejanía, contemplar y abstraerse con las dimensiones de la Tierra, un planeta que, por lo visto, comienza a resultar cada vez más pequeño, pero a la vez más lunático, con graves desafíos de hambre y desigualdad sin resolver.

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@Gsilvar5

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