Por: Óscar Alarcón

Más papistas que el papa

Definitivamente aquí somos más papistas que el papa.

Desde los inicios de la República, liberales y conservadores, así como constitucionalistas, se trenzaron en una larga polémica, de más de 200 años, sobre si la autoridad es nuestra o proviene de Dios. Todas las constituciones del siglo XIX le dieron a Dios ese privilegio en el preámbulo, con excepción de la radical de Rionegro. Desde la de Angostura, que se expidió “en nombre y bajo los auspicios del Ser Supremo”, todas las demás acudían a su protección y a su autoría para expedir sus normas. Hubo algunas más expresivas que otras: “En nombre de Dios, padre, hijo y Espíritu Santo” (Constitución de 1843). “Bajo la protección de Dios omnipotente, autor y supremo legislador del universo” (Constitución de 1858).

La Constitución de 1886, que nos rigió por más de 100 años señaló: “En nombre de Dios, fuente suprema de toda autoridad”. Durante ese lapso (cien años de Soledad... Román) se discutió si se mantenía o se quitaba. Cuando la reforma constitucional de 1936, los liberales trataron infructuosamente de arrebatarle esa facultad a Dios para entregársela al pueblo, pero el Altísimo (entonces no existía el procurador Ordóñez, que mide 1,80) hizo el milagro de mantenerla.

Largamente se debatió el tema en la Constituyente del 91 y se optó finalmente por una fórmula transaccional: “El pueblo de Colombia, en ejercicio de su poder soberano, representado por sus delegatarios a la Asamblea Constituyente, invocando la protección de Dios...”.

Sin embargo el delegatario Mariano Ospina Hernández, quien por estos días ha reaparecido, se levantó de su curul para decir: “¡Que Dios nos libre de la tentación de borrar su nombre de la carta de navegación del pueblo colombiano!”.

Pero somos más papistas que el papa. La Constitución del Estado Vaticano, expedida por Pío XI, dice: “El soberano pontífice, soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano, tendrá la plenitud de sus poderes legislativo, ejecutivo y judicial”.

 

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