Por: Eduardo Barajas Sandoval

Más pobres, con menos vergüenzas y más felices

Entre especuladores y mentirosos puede quebrar cualquier Estado. La combinación de esas dos especies produce una espiral de fatalidad.

Bajo una falsa impresión de bonanza, de la que se encargan los políticos, los especuladores se dedican a jugar, por ejemplo, con los bonos de deuda y con los seguros que garanticen su redención. Todo esto no hizo sino acentuar la crisis de un país, como Grecia, en el que cohabitan un Estado pobre y despilfarrador, muchos corruptos que viven de los contratos y los auxilios, unos cuantos ciudadanos ricos, y una comunidad de buenas gentes que viven al día y no están dispuestas a sacrificarse para enmendar los errores de los demás.

El Partido Socialista Panhelénico, fundado por el padre del recién elegido Primer Ministro Yorgos Papandreou, jamás tuvo dentro de sus planes el de dedicar uno de sus turnos en el poder a la tarea de aplicar medidas impopulares en busca de una recuperación económica que ponga al país en armonía con los dictados más típicos del sistema capitalista, del que no había ahorrado esfuerzos por mantenerse alejado. Los socialistas no tenían alternativa. Sus ilusiones de adelantar un programa de beneficio social se vieron frustrados ante la evidencia de un estado de cosas que simplemente no permitiría el funcionamiento del gobierno y anulaba sus posibilidades más elementales de conducir al país.

La denuncia pública, interna e internacional, de la situación, requería de un enorme valor, lo mismo que de una chequera de prestigio político capaz de recibir enormes descargas contra la popularidad y las opciones de credibilidad del proyecto socialista justo en los sectores de la sociedad que apoyan tradicionalmente a la izquierda democrática, de la que esperan beneficios en lugar de medidas de sacrificio que muy pocos están dispuestos a realizar. La vergüenza que tuvo que sufrir el gobierno se acrecentó por el hecho de que, luego de haber recibido cantidades astronómicas de dinero de parte de la Unión Europea, sus socios comunitarios vuelven a ver pasar el sombrero en busca de nuevos apoyos, con el riesgo de que, otra vez, unos burócratas y unos cuantos socios corruptos se alcen con los fondos y nadie responda por su destinación.

Unos parlamentarios de la derecha alemana resultaron con la idea peregrina, y el chiste pesado, de sugerir que para salvarse de la quiebra, el gobierno griego venda islas deshabitadas en el Egeo o ponga en subasta el Partenón. La originalidad de la propuesta linda con el insulto. Naturalmente no representa la nobleza del pueblo alemán, pero despierta todo tipo de sentimientos de parte de millones de familias griegas que fueron víctimas de una tristemente célebre invasión durante la Segunda Guerra Mundial, durante la cual antecesores de los chistosos de ahora cometieron en tierra griega atrocidades sin fin. De las cuales el saqueo de bienes de fortuna fue lo de menos.

Herido en las posibilidades de llevar a cabo el proyecto que propuso para ganar las elecciones, Papandreou ha ido a dar a Berlín, lo mismo que a París y a Washington, con un argumento poderoso: ayudar a Grecia en este momento es salvar la viabilidad del sistema monetario europeo. Pero su acción se ha orientado a reclamar también mejores controles para los especuladores que tienen algo así como los beneficios del seguro de una casa ajena que lo primero que quieren es que se queme para cobrar la indemnización.

Los alemanes lo recibieron bien en las oficinas y mal en los titulares de algunos periódicos, que le recordaron que entraba a un país de madrugadores, en el que no es preciso comprarse a nadie para conseguir una cama de hospital. En París todos fueron más comedidos pero quedaron lo mismo de aterrados ante la perspectiva de tener que llevarse de nuevo la mano al bolso para colaborar con un país entrañable pero tradicionalmente díscolo por sus altibajos de confiabilidad, debido principalmente a la índole de su clase política.

El Presidente de los Estados Unidos, a diferencia de los europeos, no sólo se sentó a mirar las cifras con el Primer Ministro griego, sino que se sumó, lo mismo que lo hizo Lord Myners en Londres, a la protesta contra los abusos de los especuladores, a quienes culpan de acentuar los problemas que llevaron a Grecia a la postración y que siguen siendo culpables de ese fundamentalismo mercantilista que puede empujar al mundo a una nueva crisis mayor.

Entretanto, miles de alemanes y de ciudadanos de los países fríos del norte de Europa se sumarán este verano, hasta contar por lo menos diez millones de personas, a la lista de quienes invertirán sus ahorros en pasar en Grecia una semana de sol, dándose el lujo de llevar por un rato la vida de esos supuestos perezosos y pobres a los que tanto critican por no madrugar.

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