Más política, menos plebiscitos

Noticias destacadas de Opinión

El voto cambió la dinámica de las sociedades. Sin ese poder, el miembro de un grupo social era un objeto en un territorio. Fue la capacidad de ejercer un sufragio lo que le permitió asentarse y crecer en una ciudad (polis). Incluso, pagaban para poder ir a votar al parlamento ateniense porque las autoridades sabían que tenía que incentivar a los ciudadanos para con su presencia legitimar las incipientes instituciones. Era tal el orgullo de poder decidir, que los griegos sostenían que de ser invadidos por los persas, ellos podían irse con su “política” para otro lugar y seguir su rumbo republicano. La democracia del pueblo que algunos quieren hoy suplantar con el pretexto oportunista de mejorarla.

Vale la pena recordar que en Colombia en materia de elecciones presidenciales, gobernaciones y alcaldías hay un plebiscito cada cuatro años porque cuando elegimos a estos mandatarios no solo escogemos (votamos) por un individuo, sino que legitimamos un programa de gobierno presentado ante la población y las autoridades electorales para que su gestión se focalice en los puntos presentados en una campaña. Es decir, que los que ganan deben cumplir lo prometido y los que pierden, luego del guayabo de la derrota, deben dedicarse a construir una oposición criticando los incumplimientos del oficialismo y enarbolando las virtudes de sus vencidos planteamientos. Ser opositor en democracia es ser potencia política a futuro. Sin embargo, en la actualidad, a pesar de tener el estatuto de la oposición producto de los acuerdos de paz de La Habana, algunas voces críticas y también líderes del partido de gobierno quieren desvirtuar la figura de la participación ciudadana y convertirla en “plebiscitos proselitistas”.

Precisamente para depurar las decisiones ambiguas o desacertadas y pasionales de los conciudadanos, nace la democracia representativa o parlamentaria. Tener una especie de correa de transmisión entre la base y cúspide del poder para ampliar la gama de necesidades vía un mejor contacto y una rápida legislación. En países como Estados Unidos el poder congresional es muy fuerte. Ambas cámara legislativas han sabido conservar su jurisdicción estatal y mantienen vetos para nombramientos de cargos, discreción presupuestal y, a mi modo de ver lo más importante: no han perdido contacto con sus electores. En Colombia ha ocurrido todo lo contrario: nuestro parlamento es cada vez más un actor marginal por pérdida de estatus institucional y por ilegítimas acciones individuales, sin duda. Para algunos la solución es convocar al constituyente primario para que con una especie de “garrocha efectista” sean percibidos como los únicos dolientes de esta cada vez más cercada democracia.

Las consultas plebiscitarias son esenciales para ensanchar y solidificar las democracias, no para abusar de esta figura y suplir deficiencias e incumplimientos de los mandatos. Entre fracasadas revocatorias a gobernantes locales y regionales (las únicas legales en la actualidad), referendos (todos inconclusos con inmensas erogaciones), menguadas consultas internas, y una que otra exitosa, con ulteriores propósitos electorales (mandato por la paz 1998), la necesaria figura de la convocatoria directa está siendo desvirtuada y esto socaba la urgente maduración de la rama legislativa. Cada vez que un senador o representante animoso, arenga a favor de redactar unas confusas preguntas para enredar a unos descreídos electores en el país, va en contravía del fortalecimiento de la esencia de sus propias funciones: representarnos, hacer buenas leyes, bien redactadas y validadas por las cortes, otro objetivo de este desmesurado ánimo consultivo.

El dilema pareciera resolverlo el expresidente (dictador) Rafael Reyes cuando a comienzos del siglo pasado dijo, desesperado por la ineficiencia de los congresistas y sus permanentes intrigas: “Menos política, más administración”. Claro, lo primero que hizo fue cerrar el Capitolio.

@pedroviverost

Comparte en redes: