Más que el destino de un país

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Los miembros del Consejo Editorial del New York Times suscribieron hace dos semanas un artículo de opinión, bajo el título “Acabemos con nuestra crisis nacional”, escrito a varias manos, lleno de consideraciones fulminantes para sustentar una solicitud esperanzada: que los ciudadanos de los Estados Unidos voten en la elección presidencial de hoy, para preservar, proteger y defender a los Estados Unidos, ante las acciones de un presidente que, dicen, ha violado el juramento que hizo de cumplir esas tres obligaciones.

El llamado angustioso y la solicitud expresa de esos orientadores de opinión, por lo general ecuánimes, lleva el subtítulo de “El caso contra Donald Trump” y va acompañado de una catarata de cuestionamientos, sintetizados en las palabras corrupción, enfado, caos, incompetencia, mentiras y decadencia, que les llevan a la conclusión de que la campaña para la reelección del actual presidente “plantea la peor amenaza para la democracia americana desde la Segunda Guerra Mundial”.

En todas partes hay quienes consideran que, también para el mundo, cuatro años del mismo presidente producirían un estado de zozobra del cual ya se han tenido muestras dignas de preocupación. Basta con preguntarles a los aliados tradicionales de los Estados Unidos en todos los continentes, muchos de los cuáles se han sentido menospreciados, ignorados y tratados con una displicencia que pone en duda solidaridades que valdría la pena más bien fortalecer.

Naturalmente esa no es la única posición política ni una interpretación generalizada del momento, pues hay quienes acuden a las urnas movidos por convicciones totalmente contrarias, en una competencia de resultado incierto que tiene en ascuas al mundo entero y como actores a los votantes de un solo país.

Lo anterior se explica por el hecho de que, gústenos o no, la influencia de los Estados Unidos en el rumbo de los acontecimientos internacionales sigue siendo enorme. Por lo tanto, la amenaza de reiteración de desvaríos en su gobierno podría contribuir a la acentuación de un desorden general. Y ello es así pues las “responsabilidades” de quien ocupe la Casa Blanca van mucho más allá de las fronteras de la Unión y de las conveniencias comerciales, e implican apoyos de naturaleza política, concepciones de valor estratégico, y sostenimiento de un diálogo amplio sobre diferentes aspectos de la vida contemporánea. Todo lo cual exige conocimiento, experiencia política, y una buena capacidad de previsión que apuntale compromisos hacia el futuro.

Se atribuye a Gandhi el haber dicho: “¿Civilización occidental? Creo que sería una buena idea”. Es decir: qué bueno sería que existiera. A lo mejor, en su momento, tenía en la cabeza las ambivalencias de esa manada de naciones occidentales, casi siempre enfrentadas, que al terminar la Segunda Guerra Mundial aparecían lideradas por los Estados Unidos, sin que se hubiese logrado decantar valores comunes para equilibrar la avidez a ultranza de acumulación de riqueza.

El comentario de Gandhi se entiende mejor si se advierte que los Estados Unidos tienen también responsabilidades desde el punto de vista de una confrontación cultural que avanza como amenaza para la paz del mundo y que cada vez resulta más difícil, y al tiempo más urgente, evitar. Por lo tanto, el criterio y la orientación del liderazgo que les quede para ejercer, traerán consecuencias para todo el mundo. De su contenido, más o menos ilustrado, más o menos pragmático, y cabal o medianamente conocido, depende la apertura o el cierre de oportunidades de reconciliación entre bloques que adelantan ya un enfrentamiento que no debe escalar. Basta con mirar lo que pasa en Francia con los hechos violentos, de gravísimo sentido material y simbólico, que plantea el reto al espíritu republicano por parte del radicalismo islámico, para advertir la gravedad y la trascendencia de la situación.

La Unión Americana, que se presentó en público después de cuatro siglos de gestación como el último grito de la avanzada de Occidente, con la bandera del capitalismo en la mano y la pretensión de ser modelo, defensora y símbolo de la saga democrática, se ha convertido en una república llena de debilidades. Basta con apreciar el descontento y la marginalidad crecientes de amplios sectores de su sociedad, y la concentración del poder económico que depreda poco a poco los intereses de la mayoría. Además de advertir las diferencias del valor del voto ciudadano dentro de su sistema electoral y la presencia reiterada de un racismo que contradice el discurso democrático más elemental.

Estamos ya muy lejos de aquellos colonos que trataron de reproducir en Rhode Island el ambiente británico de sus ancestros en un continente nuevo. Parecerían cada vez más olvidados los principios proclamados por los “padres fundadores”, en favor de ese país como bastión de la libertad. En cambio, en pleno Siglo XXI, parecería que alguien quiere reeditar, vestido de populismo, el discurso del “destino manifiesto”, que atribuía a los Estados Unidos una condición de “pueblo escogido”, como argumento para expandirse , depredar e imponer a otros sus condiciones y su voluntad. Actitud que, valga la pena decirlo, no comparten muchos ciudadanos de la Unión.

En todo caso, la proclama de volver a “América grande otra vez”, pieza retórica utilizada a la cabeza de toda una serie de argumentos aparentemente vacíos, ha hecho ya mucho daño, con su acompañamiento de demostraciones inverosímiles de irrespeto por las instituciones, desconocimiento del mundo y recurso a la mentira. Todo al ritmo de trinos y un conjunto reducido de frases emotivas y vacías, cuya reiteración hasta el cansancio anima el ejercicio del poder como espectáculo.

Si bien ya quedó atrás el reclamo de que los Estados Unidos serían “la última y mejor esperanza sobre la faz de la tierra”, como dijo Lincoln, y que deberían ser “la Policía del mundo”, como lo dijo Teodoro Roosevelt, al menos se espera de parte de su gobierno lealtad con los compromisos adquiridos, abandono de la intención de imponer su criterio a rajatabla y deseo de apertura y cooperación, como bien que mal lo han hecho presidentes anteriores, como Bush y Obama, para no ir mas atrás, a la cabeza de un servicio exterior experimentado y conocedor, que ahora parecería maniatado y obligado a practicar una política llena de contradicciones.

A pesar de los recovecos de un sistema electoral que refleja solo de manera indirecta la voluntad popular, es posible que hoy caiga más de un muro, si el candidato demócrata consigue llegar a la presidencia. No se trata del muro propuesto para detener, en contra del reloj de la historia, la entrada de los latinos, que con su trabajo, su idioma, su música y su comida, ya se han tomado buena parte de los escenarios de la vida estadounidense, y van cambiando de manera irreversible la índole del país. Más bien se trata de las paredes internas de un laberinto de segregación al interior de una Unión fundada como espacio de libertad, con las puertas abiertas para todos. No solamente las de entrada, sino las de circulación al interior de la sociedad.

Si gana Trump, los Estados Unidos seguirán cada vez más perdidos en su propio laberinto. Y detrás de ellos los aliados incondicionales de su modelo para los Estados Unidos, como en comparsa liderada por un empresario improvisado como político, que vocifera todo lo que se le viene a la cabeza, sin respeto por la verdad, y que alguien ha calificado como híbrido de bufón y pregonero apocalíptico. Todo está en manos de unos electores que, en su mayoría, parecerían no tener conciencia de las consecuencias de su decisión. Mientras el mundo espera.

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