Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Más que nunca

La aprobación del TLC Colombia-EE.UU. ha generado euforia en unos y depresión en otros.

No es fácil en realidad evaluar un instrumento que es bastante complejo. Aquí es menester ir más allá de la fiesta o de la diatriba, y hacer un análisis cuidadoso y con sentido del detalle. A los mexicanos les prometieron una vía rápida al primer mundo con su TLC, y ahí los tienen, creciendo a ritmo de bolero de Manzanero y con una terrible narcoguerra a las espaldas. A los peruanos les vaticinaron que se les caería la estantería con el suyo, pero ustedes los ven muy orondos, ufanándose de tener el más vigoroso crecimiento de América Latina. Es la misma historia de la globalización económica, repetida una y otra vez: a unos les va bien con ella, a otros no. En lugar del gran proyecto homogeneizador que era el sueño de unos y la pesadilla de otros, la mundialización no ha hecho más que generar fracturas y crear, o profundizar, especificidades nacionales y regionales. Lo mismo se puede decir de las respuestas políticas a ella. Hay izquierdas (respectivamente derechas) proglobalización, otras anti. Que yo sepa —pero estoy lejos de ser especialista en estas cosas—, no hay nadie que haya podido entender bien qué separa a los éxitos de los fracasos en procesos de apertura, aunque varios hayan hecho el intento (de pronto Rodrik es quien más ha avanzado).

Por el momento, creo que la aprobación del TLC por parte del Congreso estadounidense deja una gran moraleja y una gran advertencia. Las dos son extraordinariamente simples. En cuanto a la primera, todos los factores de poder en este país, tan brutalmente desigual y violento, deberían hacer una evaluación cuidadosa de los costos involucrados en adoptar un curso de acción extremista y pendenciero. Pues, como lo recordó oblicuamente Santos, el TLC estuvo engavetado cuatro largos años, simplemente porque no había condiciones políticas para aprobarlo. Un sector muy significativo del partido demócrata consideraba que era imposible aprobar un tratado de esta naturaleza con un Gobierno que chuzaba a la oposición, estigmatizaba a los defensores de derechos humanos y que permitió o fraguó toda clase de horrores desde las alturas. Así mismo, los poderosos sindicatos gringos consideraban intolerable, y con razón, el que la lucha reivindicativa fuera en Colombia una actividad de alto riesgo. El TLC y el proyecto extremista terminaron siendo incompatibles. Patrones similares de conflicto se repetirán en el futuro. Si no podemos tener mucha certeza sobre qué nos deparará el TLC, una cosa sí es segura: nos volverá mucho más vulnerables a las reacciones de la comunidad internacional. Así que, en adelante, los entusiastas del matoneo tendrán que consultar con sus billeteras antes de apoyar las grandes y pequeñas aventuras que se siguen fraguando en círculos extremistas. En el mundo actual, una economía altamente globalizada no se puede administrar a punta de fuerza bruta. Como solía decir tan apropiada y gráficamente Talleyrand, uno puede hacer muchas cosas con las bayonetas, menos sentarse encima de ellas.

La advertencia es la siguiente: con el TLC una reforma agraria se vuelve más relevante que nunca. El destacado economista del desarrollo, Michael Lipton, publicó en 2009 un fantástico libro —que ya se considera un clásico— argumentando poderosamente a favor de la necesidad de tener estructuras agrarias relativamente modernas para poder usar las aperturas como instrumentos de desarrollo. Si esto es así, los economistas que en nuestro medio habían botado a la basura la idea de una reforma porque ya no era posible o conveniente, estaban fatalmente equivocados. Lo mismo que los exaltados que ven en todo conato de apertura un complot. Espero comentar la tesis de Lipton en futuras columnas; por el momento, baste decir que se apoya en evidencia comparada extremadamente convincente. Que vaya en contravía de posiciones doctrinarias y mecanicistas es apenas una virtud adicional.

Lipton, M. Land reform in developing countries. Property rights and property wrongs, Londres, Routledge.

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