Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Más que un cuento chino

EN ALGUNA CIUDAD DE LA QUE NO puedo acordarme, leí esta consigna de una empresa de alquiler de carros que sabía que estaba a la zaga de la principal: "Somos sólo los segundos, nos esforzamos más".

Me pareció fabulosa. Cuánto ingenio veo todavía en esta formulita de siete palabras, que convierte una desventaja en un patrimonio estratégico.

 Aquella —la fórmula— me vino a la cabeza cuando me enteré de que China había alcanzado ya el estatus de segunda economía del mundo. Nada de sorprendente si se tiene en cuenta que este país gigantesco ha mantenido tasas de crecimiento de su producto interno bruto de alrededor del 10% anual durante más de dos décadas. Piénsese en el nivel de esfuerzo colectivo y mentalidad de largo plazo que se requiere para producir ese milagro económico. No son los primeros, por eso trabajan más. Y ya nos están pasando de largo. Ha sucedido antes. A principios de la década del 60, en las pocas interacciones que teníamos con Corea, la gente se refería con gesto paternal a “los coreanitos”.  Mi generación vio cómo ellos, de ser mucho más pobres que nosotros, terminaban siendo entre cinco y diez veces más acomodados.

 Claro, en el proceso chino hay mucho más que trabajo duro. Un autor que por desgracia se lee muy poco por estos lares, Alexander Gerschenkron, analizó en detalle la forma en que se producen saltos cualitativos en contextos de desarrollo tardío. Otros estudiosos (basándose en experiencias como la japonesa, la coreana, la taiwanesa, o comparando las trayectorias de América Latina y Asia) han completado el panorama. No hay nada de esotérico en las explicaciones que ofrecen del desarrollo acelerado. Primero, en esas experiencias el Estado juega un papel fundamental –no asfixiando la iniciativa privada, pero sí canalizando de distintas maneras la acumulación de capital, a veces escogiendo de manera más bien descarada a los ganadores, aunque no con “dedazos” sino con diseños institucionales universalistas. Por consiguiente, juega un doble —y equívoco— papel de “promotor de la acumulación de capital” y de “agente que disciplina al capital”. Segundo, tiene el músculo suficiente para apalancar proyectos estratégicos en gran escala. Tercero, cuenta con burocracias muy fuertes, con horizontes temporales largos, que encuadran y a la vez solucionan los problemas de acción colectiva de otros agentes. Cuarto, ha solucionado el problema agrario. El tema en realidad no consiste en saber qué es lo que produce la confluencia de estas condiciones, sino cómo se consiguen.

 Lejos de mi querer edulcorar, o proponer la importación, del modelo económico chino. Por ejemplo, su brutal —inhumana, en realidad— restricción de los salarios es insostenible incluso para un país de desarrollo medio bajo (de hecho, ya con un PIB per cápita de alrededor de 3.500 dólares, China empieza a dulcificar sus políticas). Pero señalar defectos, incluso horrores, no significa que podamos darnos el lujo de ignorar esta transformación espectacular que ocurre ante nuestros ojos, y que tiene tanto que decirnos.

 Déjenme pues dar un salto de vuelta a Colombia: diseñar la regulación de sectores estratégicos con burocracias miserablemente débiles, sin espíritu de cuerpo, captadas por pequeños intereses locales, ha sido un error de diseño institucional mayúsculo. Está bien, muy bien, enmendar la plana. No vale la pena derramar una sola lágrima por la Comisión Nacional de Televisión, ni por el Fondo de Regalías.

 

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