Por: Ernesto Yamhure

Más que un tirón de orejas

TENGO LA MEJOR IMPRESIÓN DEL general Óscar Naranjo. Desde siempre, ha sido reconocido dentro y fuera de Colombia como un policía honesto, cumplidor de su deber y, sobre todo, leal con el Estado y la institución que hoy dirige.

Hace un par de años, registramos el sufrimiento de este oficial que compareció ante la sociedad para informar que la tragedia del narcotráfico había golpeado a la puerta de su familia.

Nadie, medianamente sensato podía juzgarlo o condenarlo por las equivocaciones cometidas por su hermano. Hacerlo, sería tan ruin como pretender descalificar al concejal de Bogotá por el Polo Democrático, Roberto Sáenz, por ser hermano del terrorista Alfonso Cano.

Por eso, resulta desafortunada la enardecida diatriba de la senadora Piedad Córdoba contra el director de la Policía, en la que irresponsable e impunemente arreció contra la dignidad de este oficial.

No contenta con su “hazaña”, la parlamentaria liberal, en pleno furor verbal, destapó su dolor por la muerte de Tirofijo. Sus palabras, por todos conocidas, en las que se lamentaba de que en nuestra tierra no hubiera más Marulandas, además de una grosera apología de la barbarie criminal, se constituyen en un afrentoso desconocimiento del dolor de las víctimas de las Farc.

 No alcanzó a imaginar la indignación que debieron experimentar los familiares de los secuestrados, de Yolanda Pulecio, de las madres de los soldados y policías que hoy se pudren en la profundidad de la selva en cumplimiento de una bárbara decisión que en su momento impartió Tirofijo.

De la senadora cualquier cosa puede esperarse. Su idolatría por el dictador venezolano la ha convertido en una émula suya, pero con turbante. Repite sus gestos, copia sus ideas –si es que así puede llamárseles–, imita su radicalismo y, consciente o inconscientemente, exhibe similar incontinencia verbal.

Ahora bien, llama la atención que el Partido Liberal no tome decisiones de fondo frente a las desafiantes declaraciones de la senadora. Dirán que ella es libre de decir lo que quiera, de pensar como se le antoje y de militar en las filas de la organización que le complazca.

Eso es cierto, pero no menos lo es que ella ostenta la condición de senadora por esa colectividad. El debate de la silla vacía ha dejado claro que las curules no le pertenecen al congresista sino al partido que concedió el aval. Es más, se pretende que, en aras de despersonalizar el asunto, sea el partido el que responda cuando quien ocupa la curul comete algún delito.

Por supuesto que las simpatías o antipatías de Córdoba, en estricto derecho no constituyen un delito, pero sí hay algún grado de responsabilidad política. En España, por ejemplo, se habría presentado una crisis tremenda si algún miembro del Congreso de Diputados hubiera lamentado el arresto del dirigente etarra Francisco Javier López.

Sin ir muy lejos, ¿qué tal que algún congresista, en su momento le hubiera rendido homenaje póstumo a Carlos Castaño? De seguro ese legislador hoy estaría debidamente confinado dentro de las gélidas paredes de La Picota.

Así, pues, las explicaciones de los voceros del oficialismo liberal de por qué su colectividad no desmiente o se aparta pública y oficialmente de las opiniones de Piedad Córdoba son francamente risibles. A ella nada ni nadie la va a hacer cambiar de opinión, lo cual no es óbice para que el liberalismo, el único dueño de la curul que ocupa la senadora, decida sancionarla de manera ejemplarizante, porque así ellos estén en la “oposición constructiva y reflexiva”, no tienen licencia para que una de sus congresistas diga que el Presidente de la República es el jefe del paramilitarismo y que esas delicadas y mentirosas afirmaciones sólo sean objeto de un llamado a la prudencia.

 No, en este caso la sanción debe ser mayor a un simple y delicado tirón de orejas.

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