Por: Alfredo Molano Bravo

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Pocas dudas caben hoy sobre los males que causa la fumigación aérea con glifosato sobre la salud humana, el orden social y el medio ambiente.

Que probablemente sea un agente cancerígeno, como lo afirma la Organización Mundial de la Salud, ha sido el argumento definitivo para inducir al ministro de Salud a pedir que se prohíba. Los campesinos, desde cuando comenzaron a regar ese veneno, han denunciado que además produce abortos y enfermedades epidérmicas. Las secretarías de salud municipales tienen la información y el ministro debía sacarla de los archivos. Está dicho, y muchas veces, que la fumigación es la causa de que poblaciones enteras de campesinos migren hacia otras zonas para volver a cultivar la hoja deforestando nuevas áreas. ¿Cuántos millones de hectáreas de selva han sido destruidos por ese rebote? ¿Y cuántas de esas hectáreas fumigadas caen en manos de los grandes ganaderos? Es imposible que los colonos acepten volver a cosechar maíz cuando entran al país millones de toneladas importadas de EE.UU. baratas, o a criar gallinas para ponerlas a competir con el pollo gringo. Por tanto, la estrategia busca expulsarlos de sus tierras. Uno de los efectos que no han sido hasta ahora señalados es el cambio de la producción de coca por la minería de oro, y seguramente de coltán. En el Pacífico, a donde se trasladó buena parte de los cocaleros de Guaviare, Caquetá y Putumayo y a donde los han perseguido los aviones llenos de glifosato, la gente se ha dedicado a escarbar en ríos y quebradas. Al mismo tiempo, las comunidades negras se han visto invadidas por un ejército de retroexcavadoras, dragas y draguetas. El daño ambiental de la minería sin control —y sin posibilidad de ejercerlo— es brutal e irreversible.
 
El procurador, la empresa Monsanto y las manzanas podridas en las FF.AA. se oponen a la orden del presidente de poner fin a la fumigación aérea con glifosato. Los ingenios azucareros fumigan —también con aviones— sus cultivos para acelerar la maduración de la caña y lo hacen con una concentración mucho mayor de la que autoriza el Gobierno contra los cocales. En el Valle del Cauca la gente de los pequeños pueblos y caseríos rodeados de caña y asfixiados con el veneno ha hecho permanentes denuncias sobre los efectos letales del gana-gana azucarero. Pero nada se dice, nada se deja saber sobre el tema. No tardarán la Sociedad de Agricultores de Colombia y otros gremios en sumarse a los intereses non sanctos de la empresa productora de venenos y del Ministerio Publico porque el 98 % de los cultivos usa glifosato. Los grandes cultivadores de maíz, soya, sorgo, frutas y hasta el mismísimo y noble café lo emplean como matamalezas. Hay herbicidas que no tienen los efectos nocivos del Roundup, principio activo del glifosato, que carece de patente desde hace 15 años.
 
La Unión Europea considera el glifosato un peligroso tóxico del medio ambiente y en Argentina está severamente prohibido.
 
Punto aparte: Hablando de control, hace unos días en la peligrosa vía a La Calera, un carrotanque cargado con aguas negras sacadas de los pozos sépticos que abundan en la región se estrelló contra un carro particular y lo destrozó: dos muertos. La urbanización de las áreas rurales en La Calera es muy acelerada y con ella el problema de las aguas negras se agudiza. Los pozos sépticos se desbordan y sus residuos caen a las quebradas y al río Teusacá, que, entre otros, contribuye al llenado del embalse de San Rafael con que se limpian las máquinas del acueducto de Bogotá. Tan congestionada como las cloacas está la carretera. Los 16 kilómetros que hay a la capital cuentan los domingos dos horas de viaje y entre semana, una hora. ¡Imposible!
 
Escrito el jueves.

 

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