Por: María Elvira Samper

Más violencia no destraba el proceso de paz

Cinco meses duró el cese unilateral del fuego que decretaron las Farc el 20 de diciembre pasado. Una decisión que los opositores del proceso de La Habana descalificaron con términos como farsa y caricatura, pero que en general tuvo un efecto positivo: una reducción cercana al 90% de acciones violentas en relación con el mismo periodo de 2011, según la Fundación Paz y Reconciliación.

Y si bien la violencia no desapareció del todo, porque se registraron violaciones a la tregua (la más grave el ataque en el Cauca con 11 militares muertos), el número de víctimas, combates y acciones ofensivas ha sido el más bajo registrado desde 1984, según el Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos, Cerac.

Ahora, rota la tregua tras un ataque conjunto de la Fuerza Aérea, el Ejército y la Policía a un campamento de las Farc en Guapi (Cauca), nos enfrentamos a un recrudecimiento de la violencia asociada al conflicto con ataques de las Farc a la infraestructura, enfrentamientos y hostigamientos a puestos de la Fuerza Pública, sobre todo en Cauca, Nariño, Putumayo, Caquetá, Antioquia, Valle y Norte de Santander. Una reacción previsible, que responde a la estrategia de las Farc de demostrar su capacidad de hacer daño con el propósito de presionar a la mesa de negociación y el cese bilateral del fuego que vienen reclamando, y que buscaron también mediante el cese unilateral de hostilidades.

Pero no es con atentados contra la infraestructura, que afectan a los más vulnerables y causan grave daño al medio ambiente —actos violentos que dejan a la gente sin luz, que contaminan las aguas que toman, donde pescan o con las que riegan sus cultivos— como las Farc van a ganar apoyos y lograr sus propósitos. Todo lo contrario, solo consiguen aumentar el rechazo y desconfianza ya de por sí muy altos.

El proceso de La Habana –no cabe duda– está en grave crisis. El reciente anuncio sobre la creación de una comisión de la verdad fue solo fuego artificial, cortina de humo para distraer la atención. La estrategia de negociar en medio del conflicto ya no aguanta mucho más, menos aun si las Farc continúan su ofensiva violenta y el Gobierno tiene que responder con bombardeos, que también dejan víctimas –guerrilleros de origen campesino– y causan daño ambiental.

Sectores contrarios a las conversaciones de La Habana –amigos de la pax romana, la impuesta por la fuerza, el sometimiento y la rendición–, exigen al Gobierno que intensifique la ofensiva militar, pero no es con más violencia como van a destrabarse las conversaciones de paz. Por el contrario, corren un muy alto riesgo de reventarse. De ahí la urgencia de acelerar la negociación, de dar un salto cualitativo para avanzar hacia un acuerdo definitivo que ponga fin al conflicto armado.

Es irracional, obsceno, continuar una historia de violencia que lleva más de medio siglo y contabiliza 5,7 millones de víctimas de desplazamiento forzado, 220.000 muertos, más de 25.000 desaparecidos y casi 30.000 secuestrados, según el informe “¡Basta ya! Colombia: memorias de guerra y dignidad”, del Centro Nacional de Memoria Histórica. Una historia en que los civiles –no los que han hecho la guerra– han puesto la mayoría de los muertos: ocho de cada diez. Es necesario pensar en las víctimas que son, en últimas, las que dan sentido moral a la negociación. Bien dijo Thomas Mann que “la guerra es la salida cobarde a los problemas de la paz”.

 

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