"Yo imito, no ridiculizo a los personajes": Hugo Patiño

hace 5 horas
Por: Ana María Cano Posada

Masa crítica

Los columnistas dudan de las consecuencias que pueda tener este brote de protestas que lleva meses extendiéndose por continentes y países, porque están seguros de que lo sofocarán.

Hay quien explica esta inconformidad creciente como un síndrome de inmunodeficiencia adquirida, que data de la crisis financiera de 2008 con Madoff y compañía: una clase financiera que desfalcó toda confianza de sus depositarios. Hay quien compara este virus con la antesala de una nueva Perestroika, pero esta vez de alcance global. Volveré y seré legiones, es un lema que resuena allí donde temen que se salga de madre la turba.

No puede compararse la chispa que detonó en Chile en ingentes protestas por una educación fuera del alcance de las familias, con la absurda explosión terrorista de Noruega en julio. O con los indignados de Barcelona y Madrid; con la Primavera árabe de Egipto, Túnez, Libia, Siria y hasta Marruecos. Con la desesperación de los griegos ante la crisis económica por las reformas exigidas. O la horda que se expandió en Londres, Manchester, Birmingham, Tottenham, Enfield, Croydon, donde hasta niños de 10 años, desempleados y delincuentes saquearon lo que encontraron a su paso. La policía inglesa, asustada, quiso prohibir los Blackberrys, para evitar la multiplicación del chat. Un filo delgado separa la protesta de la violencia, aunque sean inconformismo las dos.

Los que ahora protestan por la avaricia financiera en Wall Street, y contagian a Seattle, Los Ángeles, Boston y Chicago, tienen la misma fatiga del capitalismo agotado que permitió al mercado encaramarse sobre todo sistema político, todo Estado y toda legislación, volviendo expresión de la decadencia los sistemas financieros y las guerras.

Así no sean las mismas manifestaciones ni igual su origen ni consecuencias, esta masificación del “alma colectiva”, “una masa psicológica que se vuelve un ser provisional compuesto de elementos heterogéneos soldados por un instante”, como decía desde el siglo 19 Gustavo Le Bon, ahora puede hacer “masa crítica, que es la suficiente cantidad de materia requerida para mantener una reacción en cadena”. Un experimento a la vez físico, psicológico y social. Fenómeno que apunta a volverse general, porque lo que pasa en Bolivia y parece tener que ver sólo con Evo Morales, tendrá efecto espejo en otros continentes con una insatisfacción similar. Se generaliza un hastío global por no tener incidencia sobre el desastre al que nos vemos abocados.

Es claro que no se podrá hablar de la gran revolución global, como los optimistas filósofos neoyorquinos alientan a los ocupantes del puente de Brooklyn. O de crisis de la civilización que debe ser renovada por la cultura, según Carlos Fuentes, o de la presión absurda a la que Europa somete a sus miembros para “salvar su economía”, también en entredicho. Todos los síntomas se van encadenando, no para dar vuelta al capitalismo, a la guerra y a la pobreza de una vez, sino para producir, como todo cambio social de mentalidad, una lenta y casi imperceptible renovación, donde una era da lugar a otra. ¿O fue del todo inútil la revolución del 68? Así no haya cambiado al mundo como pretendió, abrió actitudes y pensamientos que estaban cerrados. Y ahora, seguro, algo de fondo está pasando.

Por otra parte. Steve Jobs, el inspirador. Aun ausente, inspirador de los que son escasos. Ver http://www.elpais.com/articulo/tecnologia/Encontrad/amais/elpeputec/2011...

 

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