Por: Daniel Pacheco

Masticar el problema de la coca

Más de cuatro décadas peleando contra la cocaína y parece que no hemos aprendido nada. El nuevo gobierno de Iván Duque, el representante de “una nueva generación de colombianos”, como él mismo se proclamó, propone cosas viejas para ahora sí acabar con un problema que está andando desde antes de que él hubiera nacido.

En términos de innovación, la propuesta de encontrar una sustancia distinta al glifosato para asperjar desde el aire con drones o aviones parece ser lo más cercano a una idea nueva. Y la falta de innovación no es solo del gobierno que entra.

La discusión pública en Colombia alrededor de la coca se parece, para parafrasear al presidente Santos, al andar de una bicicleta estática. En los especiales periodísticos, como el de Manuel Teodoro en Séptimo Día titulado predeciblemente “Lluvia de coca”, seguimos mostrando las mismas imágenes de laboratorios quemándose, arbustos raspados y guadañas picando hoja. Seguimos en estado permanente de alarma por el número de hectáreas, y asombrados por el heroísmo de policías armados hasta los dientes arrancando matas.

Paradójicamente, en sus usos tradicionales la coca es utilizada para pensar, para charlar, para mambear o “sentar la palabra”, como lo describen los indígenas del amazonas. Detrás de su uso hay un utilitarismo lento y charlado de búsqueda de soluciones. Pero la manera como el país blanco, el país de Bogotá, asume el problema de la coca —ahora elevado de nuevo a la categoría de problema principal— se asemeja más al del consumo de cocaína o basuco: compulsivo, reiterado, repetitivo y autodestructivo.

El conocimiento acumulado de un problema complejo, el de las razones por las cuales los cultivos de coca han migrado de una región a otra en la geografía periférica colombiana durante los últimos 40 años, curiosamente nunca cruzando la frontera venezolana o ecuatoriana, parece borrarse del todo con una visita a Washington. ¿A cambio de qué se comprometió Duque a reiniciar las fumigaciones y la erradicación forzada? ¿Hubo un compromiso recíproco de aumento de recursos para que los gringos cuidaran sus propias fronteras, más plata para los guardacostas, más plata para prevención y tratamiento en el principal consumidor del mundo?

En las ideas distintas no hay una garantía de éxito, como bien sabe el gobierno saliente. Pero el aumento enorme de los cultivos de coca es un fracaso anterior a la implementación —con muchos problemas— de una nueva política. No es, podría pensar uno si se atreviera a pensar distinto, el fracaso de esa nueva política.

A esta nueva generación le vendría bien entonces mambear antes de actuar. Darse un momento, entender que aunque los cultivos siguen creciendo, el crecimiento ha disminuido. No dejarse arrebatar por la ansiedad del cocainómano que necesita volver a las viejas soluciones. Le vendría bien a nuestra generación reconocer el peso de la palabra empeñada por el Estado con más de 120.000 familias que han firmado pactos de erradicación voluntaria. No podemos olvidar las consecuencias dolorosas en el campo de haber roto esa palabra en el pasado. Porque si bien en Bogotá parece que no hemos aprendido mucho, en los márgenes, en la Colombia mestiza de familias campesinas que siembran coca, la organización social, la asociatividad, el comunitarismo y los ánimos de resistencia nunca han sido más fuertes. En eso algo sí ha cambiado, y por eso los riesgos de equivocarse de nuevo con el problema de la coca nunca fueron más grandes.

@danielpacheco

 

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