Por: Enrique Aparicio

Mata Hari, la espía que nunca fue

—Me di cuenta de cómo mirabas a los nuevos oficiales que se desvivían por ver tus senos.  Todo el regimiento sabe que eres una puta.

El capitán Rudolph MacLeod, con los ojos vidriosos y resbalándosele las palabras, insultaba a su joven esposa a quien le llevaba 20 años. Era un borracho. No gozaba de buena salud y las malas lenguas hablaban de que tenía sífilis. 

—Pero cariño, soy solo tuya— le decía Margaretha Geertruida Zelle a su marido, llorando a mares. Estaban en Indonesia, en 1899, en un pueblo cercano a Yogyakarta.

Años más tarde a esta mujer holandesa se le conoció como Mata Hari. Puede que a muchos este nombre no les diga nada, pero ella dio de qué hablar en Europa desde principios del siglo XX.  

Desde niña varios incidentes marcaron su futuro. Su padre abandonó la casa, su madre murió y a Margaretha la mandaron a una escuela para que aprendiera el oficio de profesora de kinder. El director, de 51 años, trató de aprovecharse de esta joven de apenas 16. De todo este affaire resultó algo muy triste: ella fue expulsada, acusada de seducir a un viejo verde que le triplicaba la edad.

Empujando la línea del tiempo, Margaretha se casó con el capitán MacLeod en Ámsterdam en 1895 y al poco se fueron a vivir a Indonesia. Tuvieron dos hijos, un niño y una niña.  El pequeño murió aparentemente envenenado por la niñera en venganza por malos tratos que el capitán le había dado a su esposo.  Este fue el golpe de gracia a una relación que ya venía muy mal. Rudolph se jubiló y en 1902 la familia volvió a Holanda.

Los divorcios nunca han sido fáciles y si de por medio hay un odio profundo en la pareja, el proceso es aún más sangriento. Margaretha perdió la patria potestad de la hija y, pobre como una rata, decidió buscar fortuna en un París deslumbrante. El 13 de marzo de 1905 bailó en el Museo Guimet. Se presentó como Mata Hari, hija de una bailarina de un templo hindú.  Desde entonces se le conoció por este, su “nom de guerre” como dicen los franceses.

A partir de ese momento tuvo a todo París a sus pies. Aumentaron sus shows en diversas Soirées Mondaine —reuniones en casa de gente muy rica—, lo mismo que el número de amantes. Los principales joyeros de la Ciudad Luz le entregaban valiosas piezas con la sola palabra o un vale. La bailarina exótica no era impermeable a los halagos, lo que hizo crecer su arrogancia y buscar más caprichos.

La cima de sus éxitos en París y otras capitales europeas duro dos años. Después los contratos comenzaron a escasear. Bailarinas más jóvenes fueron entrando en la competencia y Mata Hari se vio en dificultades para mantener su alto nivel de gastos. El inicio de la Primera Guerra Mundial la encontró viviendo temporalmente en Berlín.

El siguiente suceso que le dio la vuelta a su vida fue un encuentro social en La Haya en 1915, donde le había puesto casa su amante en turno, un militar holandés. El cónsul alemán, con órdenes de reclutar espías, pensó que ella era la persona perfecta dadas sus relaciones de trabajo y sus amantes en Francia. Con gran habilidad diplomática le propuso que trabajara para ellos reuniendo información durante sus estadías en París. Le adelantó un dinero que Mata Hari aceptó encantada. Esta decisión la persiguió hasta el final de sus días. Es clara la irresponsabilidad con que vivía. Para ella la vida era un juego donde los vestidos de última moda, los dineros y las grandes tiendas era lo único que existía.

La ya espía por parte de Alemania, que sólo envió mensajes con noticias que se escuchaban en los cafés o aparecían en los periódicos, quiso visitar a su nuevo novio, un militar ruso mucho más joven que ella, quien con su ejército se batía contra los alemanes en territorio galo. Para que la dejaran viajar a la zona de guerra se le exigió una autorización del hombre que manejaba los servicios secretos franceses, el comandante George Ladoux, quien le acabó proponiendo que espiara para él. 

Con cientos de miles de jóvenes muertos en los campos de batalla, el glamour de una bailarina exótica no compensaba la sed de venganza de los ciudadanos contra gente que estuviera comprometida con los nazis.  La insensatez de la holandesa que adquirió compromisos con alemanes y franceses sin tener idea de lo que era ser una espía provocó que fuera juzgada en Francia acusada de ser una agente doble. 

En el campo de tiro de Vincennes el 15 de octubre de 1917 se presagiaba un día gris y frío. Parecía el preámbulo de la tristeza de una vida que estaba por terminar. En la cárcel de Saint-Lazare Mata Hari se vistió con ropa coqueta para afrontar la muerte. Al frente del pelotón de fusilamiento rehusó la venda que le ofrecieron. Era como querer darle la cara a la muerte. Lo que viniera sería bienvenido con la misma actitud de niña que una vez salió de su pequeña ciudad para recorrer nuevos paisajes y nunca volver. Acababa de morir la mujer y de nacer la leyenda.

Lo que queda claro es que si vemos a Mata Hari por sus tragedias y golpes emocionales, produce el deseo de protegerla, de darle la estabilidad que siempre le fue negada. Paradójicamente es un ser que hay que admirar: sola, con problemas enormes, su vida emocional acabada y sin un centavo, salió adelante. Después de múltiples vicisitudes puso a la sociedad en París de rodillas con su gran imaginación y belleza. Sin saber en qué se metía al aceptar “jugar” a ser espía, acabó siendo un chivo expiatorio, una marioneta en manos de gente con poder que la usó para distraer la atención de los verdaderos espías.

Los datos de esta nota fueron sacados de la novela histórica Mata Hari, entre la mujer y la leyenda, con el permiso de la escritora María E. Estrada.

El YouTube muestra fotos de sus bailes y las vestimentas muy livianas que utilizaba:

https://youtu.be/PKJk68rAq2o

Que tenga un domingo amable.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Enrique Aparicio

El gran viaje que duró más de 20 años

El último capricho de la última emperatriz

El diablo no perdona

“Tú verás” y el loro

Las enseñanzas de un viejo