Por: Héctor Abad Faciolince

Matar al asesino

CREO QUE OSAMA BIN LADEN —COmo Mussolini, como el Mono Jojoy— merecía morir, pero no así.

Las prácticas menos salvajes que se han ido imponiendo entre las sociedades civilizadas, aconsejan que los Estados no maten a los asesinos, salvo en combate. O, si en sus leyes existe la pena de muerte, que los maten después de un juicio. No digo que matar sea siempre la peor de las opciones; dejarse matar, o dejar que un asesino mate a nuestros hijos, es una opción peor que matar al asesino. Pero este no fue el caso de Bin Laden, que más bien fue cazado y ejecutado extrajudicialmente, sin necesidad.

Es bastante común que los Estados y los gobiernos que se sienten amenazados por una organización terrorista (Colombia por las Farc, Israel por Hamas, Estados Unidos por Al-Qaeda), se porten con una furia violenta que parece llevarnos a la vieja práctica de exterminar al enemigo. Van y matan al líder terrorista donde sea (en Ecuador, en el Líbano, en Pakistán), violando todas las reglas del derecho internacional. La justificación es que esas personas son peligrosas, no respetan las fronteras y tienen intenciones de matar a los ciudadanos de su país. Al ajusticiarlos así se pasan por el bozo cualquier consideración civilizada de respeto al delincuente. Llegan más lejos: si para matar a tu enemigo tienes que matar incluso a su esposa y a sus hijos —como ha sido el caso con Bin Laden—, el Estado vengativo lo hace sin remordimientos. Al arrasar sin juicio a un enemigo, llevándose de paso a la familia, Estados Unidos actúa, por un momento, como los yihadistas que combate.

Cuando los revolucionarios franceses guillotinaron a Luis XVI y a María Antonieta; cuando los partisanos italianos mataron a Mussolini y a Clara Petacci, y los colgaron del los pies en el Piazzale Loreto; cuando los bolcheviques rusos asesinaron al zar Nicolás II y a toda su familia (niño, niñas, sirvientes, médico y perro incluido); cuando Fidel Castro pasaba o pasa al paredón a sus opositores políticos después de juicios risibles; cuando Bolívar hizo fusilar a centenares de civiles españoles, ¿asistimos a actos de terror o a actos de justicia? No digo que todos estos actos sean iguales desde el punto de vista legal, pero en todos asistimos a la pública salvajada humana. Y no dejan de ser actos salvajes, incluso cuando se hace justicia. La diferencia es que a veces, al menos, se ofrece la apariencia de una sentencia y un juicio.

El proceder primitivo de Obama contra Bin Laden parece calcar muchos precedentes históricos y se parece mucho al proceder de Israel con sus enemigos o del Gobierno colombiano con Pablo Escobar o con los guerrilleros de las Farc. Lo paradójico es que una de las decisiones legalmente más discutibles del Gobierno de Obama, sea el acto que más réditos políticos le ha dejado, y el acto que probablemente le allanará el camino para que lo reelijan. Los ciudadanos gringos corrientes están felices. Los más tristes con la ejecución de Bin Laden y su familia son los que más la deseaban, los políticos republicanos, pues este acto de justicia salvaje los aleja a ellos del poder.

Tal vez uno se dedica a la literatura porque no tiene hígados para dedicarse a la política. Las reglas que en últimas se imponen siempre en los gobiernos reales son las viejas reglas despiadadas que Maquiavelo aconseja: cualquier acción del Príncipe se justifica para proteger el Estado; si hay que pasar por encima de las reglas morales, se pasa por encima de ellas, apuntando al buen fin, sin que importen los medios. Ahora asistimos a la justificación de la tortura: si las torturas de Guantánamo obtuvieron el nombre del mensajero de Osama bin Laden, entonces todas esas torturas (incluso las torturas a los inocentes) quedan justificadas. Después de Bin Laden —ejecutado sin juicio y arrojado al mar—, tal vez, este sea un mundo más seguro, como decía Obama, aunque lo dudo. Lo que es seguro es que es un mundo igual al viejo mundo: un mundo sin reglas, despiadado y triste.

 

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