Por: Santiago Villa

Matar durante un asalto a mano armada

Me apuntaron con una pistola a la cara durante un paseo millonario en Quito, y dos veces me han amenazado en Bogotá con cuchillos para quitarme el celular. Cuando vivía en Johannesburgo, escuchaba de vez en cuando a los ladrones meterse al patio de la casa para robar herramientas. Tengo cierta experiencia como víctima de la delincuencia.

Salvo en un momento durante el paseo millonario, cuando casi comenzamos a salir del casco urbano de Quito, en ninguno de estos episodios pensé que me iban a matar. Tampoco se me habría ocurrido defenderme de estas personas asesinándolas. No tenía un arma, pero si la tuviera, preferiría que me robaran el celular o el par de millones que pudieron sacar del cajero, que haberlos matado. No quiero cargar muertos encima. Incluso hablé durante un buen tiempo con los asaltantes durante el paseo millonario. Casi una entrevista. Se burlaban de que como era periodista, podría más adelante escribir sobre la experiencia. Algún día quizás lo haga. En las meras dos horas de microsecuestro tuvimos una relación cordial.

Quizás porque soy un cobarde, mi método para enfrentar la agresión o la amenaza es desescalar la violencia. Es muy peligroso, en la situación donde alguien ya tiene un arma, sacar otra arma. La probabilidad de un muerto pasa de la relativamente baja a la máxima. Prefiero calmar los ánimos y pasar del nerviosismo, o la sangre caliente, a la transacción. Finalmente, ellos no me quieren matar, sino llevarse algo que yo tengo. Se los doy y tratamos de que la situación acabe lo antes posible. Ahora bien, soy consciente de que muchos no han corrido con esta suerte. No solo ocurren accidentes, sino hay asaltantes que, además de robar, matan, sea por nerviosismo o por sevicia. La crueldad y el odio son reales.

Por eso, éticamente, no estoy en contra de reaccionar con violencia ante los asaltantes armados. Cuando una persona comete el acto de amenazar a otra con un arma, se expone a que la maten. Me parece una reacción natural. No sería la mía, pero no voy a juzgar de forma negativa a quien reacciona matando al agresor.

No es legítima defensa, sin embargo, matar a la persona si se rinde y se pone de rodillas, si soltó el arma, si está huyendo o si no está robando sino tomando cerveza. Los límites de la ley son relativamente claros.

Esto nos lleva a los problemas que tiene el caso del médico que mató a tres asaltantes la semana pasada en Bogotá. Los hay tanto de información como de interpretación. El más elemental es que no sabemos con exactitud qué sucedió. Todavía la información es incompleta y hay muchas conjeturas. Al momento de yo escribir esta columna, la Policía no ha hecho público el video del triple homicidio, si es que existe. Por lo tanto, desde la tribuna de los "opinadores", es ligero y prematuro hacer juicios sobre este episodio.

Segundo problema: lo que muchos están juzgando no es la situación en sí, sino lo que creen que fue la situación, y las muchas arandelas políticas y morales que se desprenden de sus interpretaciones, valga la redundancia, subjetivas.

Muchos de quienes ven con recelo la reacción del médico en este episodio tienen en el fondo la incomodidad de que a los ladrones no los mataron por la defensa de la vida, sino por la defensa de la propiedad privada. Ninguna vida vale más que un celular, dirán con razón y con ingenuidad. Las veces en las que me robaron, los agresores me dejaron muy claro que si no entregaba mis pertenencias me iban a matar, o al menos me harían daño. Si hubiera puesto resistencia habrían cumplido esa amenaza. No es lo mismo un atraco a mano armada que un simple cosquilleo. Es una situación de vida o muerte. Para ellos mi vida valía menos que un celular.

También hay resistencias porque se confunde la legítima defensa con la autodefensa. En un país como Colombia, donde la justicia a mano propia ha desatado millones de víctimas y una violencia cíclica, sin fin a la vista, matar para defenderse suena a paramilitarismo. Sin embargo, matar a quien amenaza con un arma no es lo mismo que organizar a todos los médicos de la clínica para salir a matar ladrones en la calle. Lo uno es reaccionar ante una amenaza inmediata, que es legítimo. Lo otro es una actividad más criminal que robar.

Desde el otro extremo, la ultraderecha está aprovechando este episodio para apoyar la desaconsejable medida de legalizar el porte de armas. Esto no llevará a una reducción de la delincuencia, sino a que los ladrones puedan conseguir más fácilmente armas de fuego, a que cualquier conductor colérico desenfunde un calibre .38 en los altercados vehiculares y a que las trifulcas entre borrachos se solucionen a tiros.

Un elemento adicional: parece que el médico estaba amenazado. Quizás cuando los mató pensaba que eran sicarios y no ladrones. La situación no es fácil de interpretar, y quien crea que considere que la tiene clara le está añadiendo una fuerte dosis de prejuicio.

En general me desconcierta el episodio, porque matar a tres personas de un tiro a cada una, así de rápido, requiere de mucha puntería y habilidad con el arma. No sabemos si les disparó una vez en el suelo para rematarlos, por ejemplo. Legalmente puede resultar más conveniente dejar muertos que heridos, sobre todo en una situación así. Quizás disparó hasta matarlos sin pensarlo. En una situación de vida o muerte no se reflexiona, se reacciona, y las cosas ocurren de forma confusa. No comparto la opinión de quienes consideran que es un caso cerrado y no deja importantes preguntas legales abiertas.

Si, hipotéticamente, una persona con un arma reglamentada se encuentra en un puente peatonal, a medianoche, con tres ladrones intimidándolo con un cuchillo y una pistola, y el amenazado tiene la destreza de matar a los tres en una secuencia de tres tiros, pues ya está. El que le saca un arma a otro se arriesga a que lo maten en legítima defensa. Pero no sabemos con certeza si eso fue lo que sucedió. Insisto: es un episodio muy extraño del que se está opinando con mucha ligereza.

En todo caso, lamentable por donde se le mire, no solo para las familias de los fallecidos, sino para el mismo médico. Matar es una experiencia traumática, y alegrarse por ello o asumir que el médico mató con placer son opiniones muy inquietantes. Como es inquietante también que la alcaldesa Claudia López determine, antes que un juez, que este caso en efecto fue de legítima defensa. Tan enrevesado como este episodio es que la Rama Ejecutiva asuma las funciones de la Rama Judicial.

Twitter: @santiagovillach

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