Por: Mauricio Rubio

Matoneo trans

Al sabotear violentamente un debate sobre género, un grupo de trans confirmó que siguen siendo machos dispuestos a resolver desacuerdos y acallar críticas a golpes.

Speaker’s Corner es el símbolo de la libertad de expresión. Por más de un siglo hombres y mujeres, algunos famosos como Marx, Lenin y Orwell, han “disentido, denunciado, analizado, controvertido y predicado”, consolidando el derecho de la ciudadanía a reunirse para escuchar y ser escuchada. En 1913, la policía prohibió a las sufragistas reunirse allí pero ellas desafiaron la orden. En 1999, un fallo judicial declaró que “la libertad de expresión no se limita a lo inofensivo, sino que se extiende a cualquier sujeto extravagante, herético, provocador o no deseado, siempre que tal discurso no tienda a provocar la violencia”.

Al Speaker’s Corner llegó hace unos días Venice Allen buscando debatir la propuesta de reforma a la GRA (Ley de Reconocimiento de Género) para permitir cambios de sexo con simple autoidentificación. Sus compañeras feministas de izquierda rechazaron la propuesta de reunirse a discutir ese controvertido asunto. Ella insistió, invitando personas de ambos lados del debate a defender sus puntos de vista. El evento, “¿Qué es el género?”, tendría lugar en una biblioteca comunitaria de Londres.

Las cosas se complicaron cuando UnCut Sisters, grupo de acción feminista, imprimió un volante contra las TERF (Feministas Radicales Trans Excluyentes) porque, en su opinión, el propósito era difundir “visiones transmisóginas”: las oradoras previstas se habían opuesto a la presencia de trans en eventos de lesbianas, alegando que se trata de hombres invadiendo espacios femeninos. La librería prevista para el debate fue invadida con mensajes contra el evento, que fue cancelado. Allen había convocado a varias activistas trans que, una tras otra, rechazaron la invitación a dialogar. Convencida de poder encontrar alguien que defendiera la reforma de la GRA, convenció a un par de funcionarios de una organización LGBT pero dos días antes del evento le fallaron.

Allen encontró otro lugar para el debate pero, por prudencia, decidió no divulgarlo sino citar a la gente en Speaker’s Corner, anunciarlo allí y proseguir a la reunión. Unas 30 manifestantes trans que se enteraron de la cita se presentaron para acosar a las asistentes y sabotear la discusión posterior. Según testigos, algunas gritaban “muerte a todas las TERF”. Una mujer de 60 años que hacía un video fue atacada, despojada de la cámara y golpeada. Anota que “se comportaron como gente de un culto con el cerebro lavado y parecían pensar que somos las que odian, las fanáticas, las misóginas, las violentas. Pero todo lo que queríamos era tener una reunión pacífica para discutir y todo lo que ellos querían era intimidarnos”. Un trino de Action for Trans buscó que el incidente no apareciera como violencia masculina: “Nuestra lucha es y será siempre feminista”.   

El matoneo físico es el último paso en la escalada de una militancia trans que simplemente no tolera a quienes no comparten al dedillo todas sus pretensiones, por alucinantes que sean, y que definitivamente lo son: fuera de hostigar a quienes no aceptan que un hombre pueda quedar embarazado, también empiezan a aparecer mujeres trans que afirman tener la regla. 

El psicólogo canadiense Jordan Peterson, profesor universitario, con miles de seguidores en redes sociales, fue bloqueado temporalmente sin explicaciones, ha recibido advertencias de su empleador y teme perder su puesto por negarse a usar los pronombres preferidos por estudiantes y profesores que no se identifican con su género biológico. Aclara que no tendría problema si uno de ellos se lo pidiera personalmente, pero rehúsa hacerlo de manera general y colectiva, desafiando la ley canadiense, que así lo exige. Peterson no se opone a los derechos transgénero, pero niega rotundamente que el género sea una construcción social sin bases biológicas.

En Vancouver, aguerridas militantes trans buscaron impedir a la fuerza la apertura de una biblioteca feminista porque no aprobaban algunos libros. En Los Ángeles, en una conferencia médica de especialistas en transgenerismo, Kenneth Zucker, psicólogo infantil con años de experiencia, fue vetado porque recomienda no etiquetar como transgénero a menores que con frecuencia renuncian a su deseo de cambiar de identidad. Tras proferir amenazas, las energúmenas trans se declararon traumatizadas por la presencia de Zucker.

El término TERF en boga es utilizado por la militancia trans en mensajes que incitan a la violencia: “TERFs al paredón”, “vaya a masticar cuchillas de afeitar, escoria TERF”. Con desfachatez, una de ellas acepta que aunque no quieren ser llamadas hombres violentos, “harán eso de todas maneras”. Reconoce y busca legitimar el uso de la fuerza física. “No somos violentas, a no ser que tengamos que serlo”, amenaza otra, como haría cualquier machista, dominante y susceptible, de esos que sienten cuestionada su hombría por las trans, y las matonean.

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