Por: Javier Moreno

Matones patentes

El sistema de patentes estadounidense fue diseñado para incentivar desde el Estado el desarrollo de nuevas tecnologías. Por un tiempo determinado, el inventor tenía respaldo gubernamental para decidir quién y en qué condiciones podía usar su producto.

A medida que la categoría de lo patentable se extendió para acoger los nuevos tipos de inventos, el sistema perdió su rumbo. La estocada definitiva llegó durante los años noventa, cuando una serie de fallos judiciales abrieron la puerta para que los programas de computador fueran patentables.

Desde entonces, las patentes de software se han convertido en el arma de preferencia de compañías grandes para aniquilar a sus potenciales competidores, reprimiendo así el nacimiento de nuevas empresas (y por ende nuevos productos). Su poder radica en su vaguedad: las patentes describen en términos muy generales la función del programa, sin adentrarse en las particularidades técnicas de su implementación. Esto permite que se patenten ideas amplias estilo “una agenda para programar reuniones” para luego cobrar licencias (o entablar carísimos pleitos legales) cada vez que una empresa enemiga desarrolla un programa que (así sea lateralmente) cumpla ese propósito.

El extremo de abuso del sistema es tal que Google y Apple gastaron más en demandas y compras de patentes que en investigación y desarrollo de nuevos productos en 2011. Cuando las compañías líderes gastan más en abogados que en ingenieros y diseñadores quiere decir que algo está realmente mal. Con toda razón, cada vez son más quienes piden que el sistema de patentes sea reformado radicalmente o incluso descontinuado. El riesgo de que la industria entera se estanque sumida en juegos desgastantes de “yo lo soñé primero” es alto.

En Colombia, por fortuna, el sistema de patentes no admite programas de computador. Estos son protegidos usando el (más laxo y razonable) sistema de derechos de autor, como los libros. El problema, claro, es que si una compañía de software colombiana quiere comercializar sus productos fuera del país, muy probablemente deba someterse al matoneo monopolista que el sistema de patentes del norte todavía permite e incentiva.

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