Por: Diana Castro Benetti

Máxima presencia

Fundamental tener presencia, dicen las abuelas, y de aquella que permita usar enaguas con vestidos de satín y zarcillos de filigrana. 

Presencia que insinúe elegancia y compostura, que abra paso a la amabilidad que cruce las piernas y mida las palabras antes de abrir las puertas. Esta presencia de la que hablan los viejos suele estar basada en caducos manuales para señoritas y en reglas de protocolo.

Pero, es de la otra presencia de la que hay que hacer recuento, de esa  que implica pararse en cualquier esquina, sin afán, y mirar alrededor para mirarse a uno mismo. La presencia no es sólo el traje correcto en el momento adecuado. Es el arte de saberse en el propio cuerpo en un instante; es estar incorporado y crear un espacio alrededor de sí mismo. Presencia es, por ejemplo, darse cuenta de que toda la mañana hemos pensado en un evento pasado y que quedamos tan colgados a la obsesión de lo que sucedió, que no dejamos de darle vueltas y más vueltas.

 Que sí y que no, que esto y que lo otro, vueltas  mentales  que nso hacemos en los quehaceres cotidianos. Presencia es darse cuenta de que estamos lejos de lo que tenemos enfrente para quedarnos en lo de ayer. Es darnos cuenta que las emociones que se despiertan no son las de ahora, sino que vienen de los recuerdos y las memorias de otros momentos, tan lejos del momento presente que lo que se vive es la agitación, la rabia y la tristeza de un pasado remoto, que estorba, impide y debilita.

Pero es que presencia no es deshacerse del pasado a punta de matar las ilusiones o de dejarles a los otros la rabia bien envuelta con un grito cualquier día. Como presencia tampoco es recrearse en lo que haremos con la futura millonaria lotería, niregodearnos con bodas, hijos, ganancias y viajes que, creemos, han de llegar. Presencia es sólo la práctica real y concreta de aceptar el momento presente y de hacerle homenaje a ese pedacito de vida que vivimos y que está dispuesto para que sea pateado o saboreado.

 Decisión atiborrada de libertad es esa de saber que lo que somos sólo puede crecer desde el instante; decisión personal es observar qué tan presentes estamos ahora; decisión consciente es aceptar que el contacto con el presente es lo que nos libera del pasado y lo que nos abre una dimensión hacia un futuro real; decisión máxima es la de sentir la presencia que somos.

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