Por: Columnista invitado

Maximizando los salarios mínimos

El país entrará a discutir el crecimiento del salario mínimo para la clase trabajadora (55% de los colombianos), asunto que se convierte en tema de la máxima importancia por sus implicaciones para el crecimiento económico, el desarrollo y por los impactos sociales de futuro que acarrea.

Los últimos 10 años fue costumbre que el crecimiento del salario mínimo supere el valor de la inflación anual pasada y esperada (15% por encima), tema que de entrada mejora la capacidad de compra de los trabajadores. Este hecho puede explicar el mejor desempeño del país en consumo, así como los muy positivos indicadores en reducción de la pobreza y mejoramiento en equidad.

La fórmula comúnmente aceptada para llegar al dato final óptimo es un crecimiento del salario mínimo que garantice el cubrimiento de la inflación más el aumento estimado de la productividad laboral. Este crecimiento calculado en los últimos cinco años demuestra que en la mayoría de los casos los trabajadores han visto aumentado mucho más sus ingresos de salario mínimo. En síntesis, los últimos diez años han sido especialmente generosos con los trabajadores, situación que se ha logrado positivamente de la mano de mayores niveles de formalidad laboral y un menor desempleo.

ANIF propone 3,9% (una inflación esperada de 2,6% y un aumento en la productividad de 1,3%). De inmediato el cálculo mediático es que eso significaría apenas 20.000 “pesitos”. Por eso no es extraño oír al vicepresidente de la República señalando que esta oferta es “miserable” y con la cual no se desarrolla ningún país del mundo. Tampoco lo es oír de los sindicatos que la oferta de aumento debiese ser mayor al 5%. A este debate se le agrega el nefasto ingrediente de los aumentos a los congresistas a través de la famosa prima que se les adicionó y que dio como resultado un incremento en su remuneración mensual bastante alto.
La lección que tenemos, especialmente de Venezuela, es que no por aumentar exageradamente, al país le va mejor. Aumentos exorbitantes son fuente de mayor desempleo y pueden conducir a una espiral inflacionaria y de pobreza indeseada. Lo que vemos es que el crecimiento del salario mínimo se convierte en un indexador casi automático y perverso del resto de salarios y de los precios de los productos.

Una decisión acertada de salario mínimo debiese considerar la dignidad de su monto para satisfacer las necesidades de la población beneficiada, el cuidado de no incitar al desempleo o a una espiral inflacionaria, y la necesidad de garantizar competitividad empresarial. Aun con los recortes en aportes parafiscales, Colombia sigue teniendo costos laborales no salariales excesivos (comparado con América Latina y el mundo) y sus costos salariales son igualmente poco competitivos en un concierto de globalización y apertura económica.

Está claro que sería “miserable” no aprovechar esta oportunidad para hacer del incremento del salario mínimo una oportunidad para distribuir riqueza a los sectores menos favorecidos, pero además para mejorar en sectores productivos, regiones y jóvenes que reclaman más oportunidades y estabilidad laborales. Bienvenido el debate para maximizar el crecimiento y desarrollo de nuestro país, sin “patear la lonchera” del futuro económico y productivo del mismo.

DE POSTRE: Suena jurídicamente aceptable que el magistrado Villarraga pida licencia para enfrentar su defensa ante las graves acusaciones y grabaciones en su contra por tráfico en la justicia, pero suena más razonable la enseñanza de mi abuelo, quien decía que las altas cortes eran ejemplo de dignidad y grandeza. Es de dignidad ante severas acusaciones y evidencias renunciar. ¡Qué tristeza de situación por nuestro sistema judicial!

 

José Manuel Restrepo Abonado

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Columnista invitado

El “macías”

El general Sandua

El débil argumento de Trump contra China

Mi país triste