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hace 3 horas
Por: Jaime Arocha

Mayo 21 de 2016: ¿sin dragas, ni retros?

CELEBRO EL DÍA DE LA AFROCOLOMBIANIDAD recordando los “troncos”, la creación ingeniosa del Afropacífico que integra familias extendidas, cuyos miembros reconocen un ancestro común, fundador del territorio colectivo.

Sus integrantes han combinado la minería artesanal del oro con cultivos de maíz, arroz, plátano y borojó, entre otros frutales, los cuales también han servido para criar cerdos. Recitando los apellidos de abuelas y bisabuelos, y comprometiéndose a trabajar dentro del territorio, el miembro de un tronco reactiva derechos que permanecen latentes, mientras esté ausente de la región como oficinista, en el servicio doméstico o como albañil. Basados en la solidaridad, los troncos han mantenido la unidad territorial y social de las comunidades negras. Sin embargo, hoy por hoy, algunos han comenzado a desempeñar la función contraria.
 
Según el trabajo de campo que Andrés Meza llevó a cabo con sus estudiantes de la Universidad Externado de Colombia, en Paimadó sobre el legendario río Quito del Chocó, tan pronto como la cabeza de un tronco accede a que el dueño de una retroexcavadora arrase con la vegetación para sacar oro, aparecen quienes reclaman ser miembros del linaje. A los seis meses, no sólo quedan montículos estériles de cascajo, rodeados de pozas de aguas contaminadas con mercurio, sino decenas de nuevos reclamantes por los beneficios que fueron sol de un día. Permanecen en el puerto esperando a vivir del convenio de otro retrero con su tronco.
 
El hambre también revive las matracas, pequeños canalones de madera, mediante los cuales las mujeres jóvenes lavan el recebo que deja la maquinaria. Sin embargo, el costo indeseable consiste en el forcejeo sexual al cual se las obliga por el permiso para explotar esos residuos. Con el agua hasta la cintura, dejan de cernir lodo por la tarde, y se van para sus casas con pocos granos de oro, pero muchas manchas oscuras que hasta en sus vaginas les deja el mercurio que jamás se disolverá con las aguas. Niños, niñas y el resto de adultos también tienen que vérselas con esas dermatitis, para no hablar de bebés que ya nacen con malformaciones.
 
La tragedia renació en 2013, cuando CODECHOCÓ le entregó en comodato al municipio unas dragas confiscadas porque cinco años antes habían alterado el curso del río, derrumbado casas y agrietado la iglesia de La Candelaria, santa patrona de los paimadoseños. De la fiebre actual también depende una invasión de retroexcavadoras por el ramal que comunica a Paimadó con la vía Las Ánimas-Nuquí. Derriban y contaminan lo que se les atraviese, pero declaran que el oro extraído era de algún municipio antioqueño, de modo que las comunidades locales jamás perciben el beneficio de las regalías.
 
Ya hay 9.000 accionantes populares contra una hecatombe que también invade al cantón de San Pablo, Cértegui, Tadó y Unión Panamericana, entre otros puntos de una geografía que pasó de los frondosos bosques tropicales húmedos a los desiertos de cascajo, así como de potencia hídrica rica en peces alimenticios, a lagunas de muerte. Ojalá el año entrante los troncos de Paimadó celebren el 21 de mayo sin dragas, ni mercurio, pero con cultivos ancestrales que los alimenten. El éxito de su acción popular deberá ser el de todos los colombianos.
 

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Mayo 21 de 2016: ¿sin dragas, ni retros?

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