Por: Rodrigo Lara

Me despido

Tomé la decisión de aspirar a la Cámara de Representantes por Bogotá y esta será mi última columna. Agradezco sinceramente a El Espectador por este espacio quincenal que generosamente me ofreció para exponer mis ideas.

Aspiro a la Cámara por Bogotá con dos grandes propósitos: primero,  para representar  los intereses de Bogotá, una ciudad a veces de todos y de nadie, que necesita cariño y compromiso; en segundo lugar, para defender las instituciones democráticas, hoy en la mira del extremismo populista de Álvaro Uribe. 

La bancada de Bogotá en el Congreso representa a nueve millones de habitantes. Es decir, el equivalente a  la población de República Dominicana. La actividad económica de nuestra capital es tal, que concentra el 55% del Impuesto de Industria y Comercio y tiene un presupuesto similar al de una República centroamericana. 

Desde la Cámara si bien no se hacen obras,  sí se puede llevar a cabo  un control político enderezado a proyectar un modelo de ciudad. En Bogotá no se ha vuelto a ver un conjunto de grandes obras de las cuales nos podamos sentir orgullosos; no lo hay por culpa de la ineficiencia y de la corrupción. En el “carrusel” de la contratación se perdieron 2,2 billones de pesos, es decir el 90% del presupuesto anual de educación del Distrito y el equivalente a cerca de 55 mil casas gratis como las que construyó el exministro Vargas Lleras. 

Evitando prejuicios ideológicos, el Distrito debe invitar a que el  capital privado invierta en alianzas público privadas para construir las megaobras.  Así podemos priorizar los limitados recursos públicos en educación, atención de los más pobres y en puentes y deprimidos en lugar de los semáforos de las avenidas principales; de lo contrario, seguiremos sin solución que alivie los trancones. 

También es necesario regresar al Congreso para atender el llamado que hace la democracia en su defensa. Álvaro Uribe, atizando miedos, quiere llegar al Senado para iniciar una tarea de sometimiento de las instituciones republicanas. 

Va por la justicia. Uribe, desafiante, afirma que propondrá desde el primer día una reforma a la rama judicial. Como la palabra de Uribe es un ejercicio permanente de disimulación y ambigüedad, cuando habla de “reforma” debe entenderse que busca amordazarla y someterla. 

Uribe y su movimiento manipularán el hastío que sentimos los que hemos sido víctimas de un juez corrupto. Apelarán a las emociones de los colombianos y disimularán sus verdaderas intenciones detrás de la sentida necesidad de alcanzar una justicia más transparente y eficiente.  Me pregunto: ¿cuál será la idea de justicia de Uribe?  ¿La misma que le aplicaron a Francisco Santos en la “dedocrática” y tramposa convención?

Regreso a un  Congreso que será el centro de la actividad política y  lugar de álgidos debates.  Gracias de nuevo a El Espectador.  Gracias a los lectores habituales por su atención. 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Rodrigo Lara

Las vanidades producen ideas mezquinas

El bizantino derecho internacional

¿La política al servicio de la venganza?

De minifundios y latifundios