Por: Hugo Sabogal

Me gusta el vino, pero…

¿Cómo sacarle el cuerpo a las secuelas del vino, como el dolor de cabeza,  para que se convierta en una fuente de placer y no de contrariedades?

A lo largo de la milenaria historia del vino, el hombre ha identificado una serie de propiedades que le generan sensaciones agradables y un estado de ánimo distendido y feliz. Los filósofos griegos, los pensadores romanos y los escritores y poetas de todas las épocas han dedicado tratados y odas para exaltar los efectos del vino en nuestro organismo. Incluso, los científicos han subrayado los beneficios de su consumo para la salud y han concluido que una ingesta moderada de vino puede hacernos más alegres, sanos y longevos.

Ni qué decir del papel que ha desempeñado el vino en la mesa: no hay otra bebida que armonice tanto con los numerosos ingredientes y tipos de cocción y elaboración utilizados en la gastronomía. Y todos estarán de acuerdo conmigo que cuando encontramos la armonía perfecta entre un plato y una copa, nos sentimos cerca del paraíso.

Entonces, ¿por qué hay personas que, conociendo todas estas razones, se abstienen de consumirlo? Para muchas de ellas el vino les produce dolor de cabeza, y esa es una razón suficiente para descartarlo.

¿Pero esas personas se han puesto a pensar en la forma como consumen la bebida? Aunque quizá sean más sensibles que otros a los compuestos presentes en cada copa, también puede ser cierto que desconozcan algunas reglas básicas que les permitan eliminar sus temores.

Ante todo, hay que decir que son muchas las cosas que producen dolor de cabeza —no exclusivamente el vino— y que no todos los bebedores sufren de esa condición después. Antes de recomendarles algunos trucos, veamos tres posibles causas. Algunos han responsabilizado a los sulfitos de desatar las migrañas. Para quienes no lo sepan, los sulfitos están presentes en el vino de manera natural y contribuyen a impedir la formación de bacterias y moho. Sin embargo, hay que reconocer que las cantidades naturales de sulfitos son mínimas y, por lo tanto, debe agregarse una dosis adicional del compuesto para garantizar su efectividad. Pero hay quienes sostienen que los sulfitos no tienen nada que ver con la dolencia.

Otra escuela asegura que la presencia de histaminas en el vino desata reacciones alérgicas. Habría que señalar que el vino tiene diez veces menos histaminas que otros alimentos, entre ellos la espinaca, los tomates, el pescado y la berenjena. Por lo visto, esta tesis tampoco parece muy convincente.

Lo más probable es que el agente responsable de las neuralgias sea el alcohol, presente tanto en el vino como en otras bebidas. Como el alcohol se desplaza con rapidez por el torrente sanguíneo hasta alcanzar a los fluidos del cerebro y de la médula espinal, una vez allí, irrita la membrana que los cubre, ocasionando dolor en la parte frontal de la cabeza.

Y aquí viene la pregunta: ¿cómo sacarle el cuerpo a estas secuelas para que el vino se convierta en una fuente de placer y no de contrariedades?

La primera regla es combinar el vino con la comida. En consecuencia, trate de no beberlo solo. La razón es sencilla: los alimentos reducen la velocidad con la que el alcohol se desplaza hacia el cerebro. Esto se debe a que el alcohol sólo se transporta hasta el cerebro si el hígado no ha podido minimizarlo en el torrente sanguíneo. La comida, en cambio, reduce el alcohol que llega al hígado y facilita su desintegración.

La segunda regla es beber agua mientras se consume vino. En mi experiencia, los consumidores de vino de los países tradicionales nunca se quejan de jaqueca, porque siempre beben agua al mismo tiempo. La resaca —leve o fuerte— es, en esencia, una deshidratación. De manera que si hay suficiente agua en el organismo, las consecuencias serán leves o, simplemente, no se percibirán. Si usted puede hacerlo, beba un sorbo de agua después de cada sorbo de vino.

Un tercer punto es consumir con moderación. No se exceda. Un “consumo moderado” puede ubicarse entre las dos o tres copas al día, independientemente si se trata de vino blanco o tinto. Recuerde: el vino debe ser una fuente de placer y de alegría, y debemos asegurarnos de que así sea. Quizá así podamos sentir siempre más satisfacción que pesares.

 

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