Por: Julio César Londoño

Me gustó más el de Macías

Desapacible la tarde del 7 de agosto. Rugió el viento y rompió las monumentales banderas, que eran cinco, como los pilares del programa de Duque. El escenario era azul, como el partido de gobierno. El telón de fondo era un tapete de 14.400 flores de diversas especies y colores. Simbolizaban la juventud, el pluralismo y la alta participación femenina en la nueva administración.

Los 35 furiosos minutos del discurso del senador Macías hicieron que la bancada de la FARC y varios senadores de la U abandonaran la plaza, y provocaron una oleada de repudio en las redes sociales y en los espacios de opinión. Todos coincidieron en juzgar que la diatriba de Macías era irreconciliable con los llamados de Duque a la concordia. Idéntica lectura hizo Paloma Valencia, que explicó en el famoso video de la fiesta privada del martes: “Una cosa es el gobierno [Duque] y otra el Centro Democrático [Macías]”. Hasta el principillo Rodrigo Lara estaba indignado. “¿Qué van a pensar las visitas?”, tronó luego en el Capitolio. En realidad los dos discursos fueron idénticos. Ambos censuraron el manejo de la economía, el aumento de la deuda pública y de los cultivos de coca. Ambos censuraron la corrupción del gobierno de Santos y citaron los agujeros negros de Reficar y Odebrecht, pero olvidaron decir que en el primer caso está implicada la administración Uribe y en el segundo, Duque y Zuluaga.

Ambos mostraron su preocupación por los asesinatos de líderes sociales, pero no se molestaron en explicar que el “sicariato social” es una tradición muy nuestra, un tic irrefrenable de los agentes del Estado, o del para-Estado, y a veces, un arrebato espontáneo de la sociedad civil.

Ambos olvidaron que Uribe fue el único jefe de político que no firmó “El pacto de no violencia contra los líderes sociales”; que detesta a los defensores de derechos humanos (“traficantes de derechos humanos”, los llama) y que nunca ha reconocido la existencia de las víctimas de la guerra por la sencilla razón de que aquí nunca ha habido guerra. ¿Capisci?

La única diferencia estuvo en la forma. El discurso de Macías fue tan básico como él. Tenía números descuadrados y letras chuecas, lo que demuestra que era suyo, del bachiller Macías (como nadie ignora, los bachilleres solo tienen dos vacíos: los números y las letras). El discurso de Duque, en cambio, intercalaba gestos magnánimos entre los codazos. Repitió el prontuario de Santos recitado por Macías, pero hizo llamados “a vencer los odios y el revanchismo y a superar las viejas divisiones de izquierda y derecha”.

También coincidieron en las omisiones. No reconocieron, ni siquiera por guardar las formas, ningún acierto de Santos. La paz, las carreteras, la equidad en la atención para pacientes contributivos y subsidiados, el severo trabajo de la SIC, el mejoramiento de las relaciones internacionales y el histórico presupuesto de la educación no merecieron una línea en sus largos discursos.

Hay hombres que son grandes incluso en la derrota. Hay otros que son mezquinos incluso en la victoria.

Con todo, prefiero el discurso de Macías. Es coherente: antisantismo puro. El de Duque parece escrito a dos manos: las de Jekyll & Hyde.

La esperanza de que Macías fuera una rueda suelta en el CD se desvaneció en el video de la fiestica del atardecer del martes, donde el senador fue ovacionado por la cúpula del partido. La demostración de la identidad de pensamiento entre el estadista Duque y el bachiller Macías cupo en esta apretada cuartilla y sobró espacio.

La esperanza de que Duque sea en el fondo tan buenazo como su rostro sugiere es ingenua: el testaferro de un genocida solo puede ser dos cosas: bobo o criminal.

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