Por: Juan Manuel Ospina

Me la juego fuera del conservatismo

Respondiendo a un llamado a participar de una manera comprometida en los procesos de transformación política y social de Colombia país, me despido temporalmente de mis amables lectores, agradeciéndoles su acompañamiento y atención semanal, así como al Elespectador.com por su amabilidad al acoger mis reflexiones. En lo que sigue, expongo las razones que motivaron mi decisión:

Necesitamos una mirada nueva e independiente que propicie una  política renovada con capacidad para  trascender el manido discurso de un  cambio vago e impreciso, que se limita a  expresar malestar con el presente. Una mirada y una propuesta con sentido de convocatoria, imbuida de la voluntad y la capacidad para interpretar a una nación que, como dice Jorge Enrique Robledo, está mamada con lo que vive y se le ofrece, y reclama que nos la juguemos democráticamente por una Colombia preñada de dignidad, acción y compromiso. Un reclamo ciudadano que no da espera. El senador Robledo nos invita a responder con convicción y compromiso. Como colombiano y como conservador expreso mi decisión de acompañarlo en esa empresa, colocando a Colombia por encima de los partidos, asumiéndola    como un gran desafío.

Robledo nos invita a liberarnos de unas ataduras que durante años nos han impedido avanzar hacia un futuro que habrá de caracterizarse por su hondo calado democrático, cimentado en el respeto a las personas, en la equidad social y en una prosperidad material que sustente el avance de la Nación. Muchas de esas ataduras son fruto de la lucha subversiva que no culminó en la prometida revolución, pero sí en unas circunstancias que originaron y alimentaron un muy fuerte y emocional espíritu y política de indudable corte y contenido contrarrevolucionario. El senador Robledo ni por un segundo a lo largo de sus años de compromiso político ha sido partidario de la lucha armada, y por eso hoy considera un acto de responsabilidad con el país y su futuro apoyar decididamente el camino que permita superar un conflicto armado, que nunca debió existir.

Comparto la crítica de Jorge Enrique Robledo a la entrega del pensamiento liberal, a un cosmopolitismo arrodillado ante “lo internacional” que confunde con progreso y modernidad, a la par que se avergüenza con “lo nacional” que equipara con atraso y premodernidad. Robledo, como ningún otro dirigente colombiano, entiende y defiende la dimensión nacional de la vida de las sociedades.

Esta situación, que nos tiene literalmente mamados, ha desembocado en una falsa polarización entre amigos y enemigos de la paz, representados en dos bandos que se presentan como irreconciliables —los seguidores de Uribe y los de Santos—. Preocupa que, por razones de oportunismo electoral, esa circunstancia invada la campaña que se inicia, pues podría ahogar el reclamo que hacen dos de cada tres compatriotas, por una política que cumpla con tres condiciones:

- Que sea nacional, es decir, asentada firmemente en el reconocimiento de nuestra realidad, sus problemas y sus posibilidades.

- Que sea democrática, es decir, incluyente en cuanto a su vocación de convocación y de concertación.

- Que sea respetuosa y garante de los derechos de las personas y las regiones.

Condición necesaria para atender ese reclamo es que se valore y apoye incondicionalmente el trabajo honrado de los colombianos, hoy tan subestimado y subvalorado. Valorar el trabajo de la gente implica respetar y apoyar sus iniciativas para que su participación sea efectiva, decisoria, en tanto que expresión social y política del trabajo de hombres y mujeres. Sin ese esfuerzo y compromiso humano, no tendremos ni Nación ni democracia. Esa es una fuerte y explícita convicción de Robledo.

Son valores —personales y sociales— que el candidato reivindica e impulsa, afines con las banderas de los conservadores formados en el pensamiento social cristiano, con hondas raíces humanistas y democráticas, que defiende a capa y espada la dignidad de la persona, de todas las personas sin distingo, a las que les reconoce su naturaleza social, en la mejor tradición aristotélica, y su capacidad para desarrollar solidariamente su vocación y sus posibilidades. Es el pensamiento de Simón Bolívar y de Antonio Nariño, del Núñez proteccionista, de Belisario Betancur. Un conservatismo hoy marginado por otros conservadores que han estado o están en el poder con su visión autoritaria de la política y del ejercicio de ese poder; individualistas en lo social y neoliberales en lo económico, ubicados en las antípodas de las raíces humanistas y nacionales del  pensamiento de un conservatismo social cristiano.

Con Robledo podrá abrirse el espacio a un pensamiento y a una acción política que le responda a la mamadez de nuestros compatriotas, máxime cuando se abre la posibilidad de alcanzar un acuerdo con otros sectores políticos y de opinión que comparten esta posición y la voluntad de convocar a una sólida convergencia de colombianos que le apuestan a un futuro diferente al gastado presente. Los conservadores sociales, que también hacemos parte de la inconformidad nacional, encontramos razones y posibilidades para comprometernos con la tarea de recuperación de la esperanza en una Colombia digna, próspera y equitativa, que nos propone Jorge Enrique Robledo; una Colombia sólidamente anclada en el sueño de la Patria Grande de Simón Bolívar.

 

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