Por: Esteban Carlos Mejía

¡Me retracto, cuadro!

En la primera vuelta yo iba a votar por Clara López, del Polo, pero me disuadió su alianza con la Unión Patriótica.

Sufro de buena memoria, y a mí no se me olvida que Iván Márquez, uno de los jefes de las Farc, fue representante a la Cámara por la UP. Por eso voté en blanco. Y hace quince días, en una columna en la que exalté a dos opositores paradigmáticos —Jaime Piedrahíta Cardona y Carlos Gaviria Díaz—, anuncié que votaría en blanco en la segunda vuelta. ¡Qué quince días más atroces! Todo un purgatorio entre el alarmismo de una nación en ascuas, polarizada y maniquea, indignada o asqueada, una Colombia fosilizada en los odios del siglo XX y anclada en ilusiones mesiánicas o caudillistas. Quince días en los que con toda mi alma anhelé tener un sensei (un maestro) o, al menos, una luz en el camino.

Por fortuna, las cosas se me dieron, como felizmente dicen los futbolistas. El domingo 8 de junio, la periodista Cecilia Orozco Tascón entrevistó en El Espectador al mentado Carlos Gaviria: con lucidez y honestidad precisó las diferencias de matices entre los dos candidatos. El prontuario político del mal capataz Uribe es pavoroso. Y aun así su mascota Oscariván (sic) ganó la primera vuelta. Santos no se queda atrás en neoliberalismo y servilismo ante las directrices del Consenso de Washington: pérfida receta para imponer la desregularización, el libre comercio y la globalización de las transnacionales. Son distintos en la forma. Santos, a ojos de Uribe, es un “oligarca comunistoide”, y Uribe, según Santos, es “un rufián de esquina”. Santos se comporta como un Chief Executive Officer, CEO, siempre calculador y displicente. Uribe, los gamines me perdonen, es un guache.

Pero Carlos Gaviria me hizo ver un punto crucial: “Convertir el Estado de derecho en Estado de opinión, degradar el Estado social a Estado comunitario amoldando el rótulo a los intereses del autócrata, herir de muerte la independencia de los jueces por no ceder a sus exigencias ilegítimas y vulnerar la intimidad de los opositores mediante la interceptación ilegal de las comunicaciones no me parecen asuntos de mera forma”. Y estos son apenas unos pocos ejemplos de la subversión uribista: el intento de “trastornar, revolver, destruir, especialmente en lo moral”, todo lo establecido por la Constitución del 91 y, en su lugar, imponer los tres huevitos podridos de 2002-2010, la seguridad pseudodemocrática, la desconfianza inversionista y la cohesión antisocial. Subversión que, por descontado, conlleva la infiltración de las Fuerzas Armadas para ponerlas al servicio del falso mesías de Salgar, Antioquia.

A la hora de la verdad, dirá alguien, son sutilezas. Las diferencias de forma, en determinados momentos históricos, se vuelven decisivas. ¿O acaso son lo mismo Iván Cepeda y Jorge Enrique Robledo? Si eso es válido en la izquierda, ¿por qué no en la derecha? “En un predicamento como éste, me parece irresponsable soslayar los matices”, dijo Carlos Gaviria. Eso me convenció. ¿Y entonces? Me retracto, cuadro. Mañana no voy a votar en blanco. Votaré contra el mal capataz Uribe y su mascota Oscariván (sic). Con mucho asco y la nariz tapada, votaré por Santos. ¡Dios me perdone el exabrupto!

 

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