Por: Andrés Hoyos

Me tenían amarrao con Pe

En las elecciones del 30 de octubre voy a votar por Enrique Peñalosa porque pienso que sería el mejor alcalde de todos los candidatos disponibles. Su campaña, sin embargo, ha sido muy infortunada: genio y figura hasta la sepultura.

Hay bastantes candidatos, algunos con futuro, pero el realismo indica que el apellido del otro aspirante con opción de ganar también empieza con “Pe”: Petro. Mis objeciones a su nombre no provienen del pasado, así él nunca haya dicho con toda claridad que la lucha armada fue un error colosal y que las justificaciones de entonces, así como las de ahora, siempre fueron inmorales. No obstante, Petro fue amnistiado y ha tenido una evolución política considerable. Algunas de sus posiciones han emigrado hacia el centro izquierda de la política moderna, otras no. Lo que definitivamente no ha cambiado es el estilo pugnaz que tantos enemigos le granjea y que, lo más grave, presagia una gobernabilidad conflictiva, como mínimo, si llega a ganar las elecciones y se instala en el Palacio Liévano. También es cierto que su experiencia como gestor es nula y esto pesa mucho. Samuel Moreno —el candidato de Petro hace cuatro años, algo que no se puede olvidar— no sólo tiene la moral distraída, para usar una frase de los abuelos, sino que resultó un inepto de siete suelas y un irresponsable en el sentido original de la palabra, alguien que no responde por lo que hace ni por lo que hacen a su nombre.

En materias como educación, movilidad, la ETB, renovación urbana, seguridad y generación de empleo veo a Petro prisionero a medias de las ideas de la izquierda primitiva, que no entiende ni acepta la distinción que hizo famoso a Deng Xiaoping: “No importa que el gato sea negro o sea blanco, lo importante es que cace ratones”. En una ciudad como Bogotá lo que importa es que lo público prevalezca sobre lo privado y que la intervención del Gobierno sea fuerte allí donde tiene que serlo. Pero para la vieja izquierda, que le respira a Petro en la nuca, toda utilización de los mecanismos de mercado es una capitulación ante el neoliberalismo. Prefieren un Estado caro e ineficaz antes que una solución, quizá mixta, que logre mejores resultados.

Pasando a Enrique Peñalosa, este gestor brillante y lleno de ideas claras, prestigioso consultor internacional, tiene en política una absurda tendencia a quedarse con el pecado y sin el género, cuando el arte de la misma consiste exactamente en lo contrario: en ganarse el género y evitar que le achaquen a uno el pecado. Dos ejemplos: cuando Álvaro Uribe dijo hace muchos meses que Enrique era el mejor candidato, él podía haber dado las gracias y nada más. Pero insistió en involucrar al expresidente en la campaña y le ha caído, de forma exagerada en mi opinión, toda el agua sucia que le está cayendo, la mayoría de las veces con justicia, al exmandatario. El otro ejemplo es la asesoría a medias que le va dar el problemático J.J. Rendón. Peñalosa adquiere el pecado —la fama de inescrupuloso que tiene el venezolano—, pero no el género, que sería su eficacia, puesto que Rendón llega tarde a la campaña y con la prohibición expresa de usar los métodos turbios a los que está acostumbrado.

Todo lo anterior se habrá medio olvidado dentro de un par de años, cuando tengamos que contemplar lo realizado por el alcalde que elijamos. En mi opinión, esos resultados serían mucho mejores si el elegido es Enrique Peñalosa. Ya veremos qué decide el electorado.

[email protected] @andrewholes

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