Por: Antieditorial

¿Mea culpa? Nunca es tarde

Por Luis Antonio Asprilla Moreno

En respuesta al editorial del 13 de octubre de 2019, titulado “¿Y si hacemos un esfuerzo por enriquecer el debate?”.

De "no te lo puedo creer" el editorial de El Espectador que tituló: ¿Y si hacemos un esfuerzo por enriquecer el debate? Por momentos me devolvía a confirmar si en realidad era El Espectador el que fustigaba el abuso en redes sociales y algunos medios para atizar el fuego que hoy tiene fracturada a la sociedad colombiana.

“Vemos con preocupación cómo columnistas, caricaturistas y demás líderes de opinión han abandonado paulatinamente los debates de altura en favor de la gritería inane y el insulto”, se logra leer en ese editorial. Y hasta se lamentan de haber llamado “cerdo” al señor presidente de la República, al que, cuando mejor lo tratan, lo llaman el “subpresidente”, como si de columnistas estratégicamente repartidos durante los siete días de la semana en ese periódico no hubieran salido términos retadores, ofensivos y vulgares como el “innombrable” y el “centro demoníaco” para referirse al hoy senador Uribe Vélez y a su partido político.

Quisiera pensar, pero me cuesta creerlo, que algo bueno, debe estar pasando en la dirección del periódico que está llamando a que cesen los insultos y prevalezca el debate serio y juicioso. Y me cuesta creerlo porque renglones abajo, advierte el editorial, defenderán el derecho al insulto… ¡vaya contradicción!, pues no solo lo defienden, pareciera que lo promueven.

Ojalá el llamado no sea un mero saludo a la bandera como para dejar registro histórico de que clamaron por ello… hace falta que la misma dirección y quienes colaboran proponiendo columnas de opinión hagan un “mea culpa”, donde evalúen si la instrucción que trae el editorial, los tiene a ellos como destinatarios de primera línea.

Ahora que las redes sociales de alguna manera le han quitado espacio y público a los medios tradicionales, estos han optado por posicionarse mejor, por marcar diferencia, por mostrarse rigurosos a la hora de conseguir, procesar y entregar la información, y algunos, sin renunciar a su ideología política, pretenden mostrarse más amables, más receptivos a la crítica, más objetivos y menos sectarios, pero no alcanzan a controlar algunos ímpetus de quienes están al frente, y de quienes periódicamente opinan. ¿Qué le puede importar al público lector saber que tal columnista desprecia a este o aquel personaje público?

Desconociendo las verdaderas intenciones del editorialista hoy, creo que bien le valdría a otros medios reconocidos en la capital Bogotá, y en la provincia, preguntarse si lo que le vienen entregado a la sociedad fue lo que en su momento se soñaron un Fidel Cano, un Eduardo Santos, un Francisco de Paula Pérez, un Guillermo Gaviria, un Francisco José Ocampo, un Álvaro Lloreda Caicedo, un Juan B. Fernández. ¿Aplaudirían o censurarían?

Ustedes tienen la palabra… yo, por ahora, la duda sobre el editorial de El Espectador.

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