Por: Humberto de la Calle

Mear, derecho fundamental

Ha ingresado a mi lista de héroes el actor francés Gerard Depardieu.

Dijo la prensa hace algunos días que este ciudadano, atrapado en un avión que se hallaba estancado en la pista de aterrizaje, fue acometido por una urgencia miccional manifiesta. Algo que le puede pasar a cualquiera, al menos en el reino animal. De hecho, Camila, mi bull dog francesa, pese a que con todo cariño y dedicación le hemos instruido sobre la necesidad de contenerse hasta llegar al sitio prefijado, prefiere dar rienda suelta al impulso en cualquier parte. Una vez llega el alivio, mira con altivez reafirmando con solemnidad el título de esta columna. También los animales tienen sus derechos.

Lo cierto es que una atravesada azafata quiso impedirle a Depardieu la satisfacción de sus premuras. Con toda avilantez, la dama respondió que el avión no había decolado. Nada que hacer, le dijo. El argumento de que mientras el avión esté en tierra, el desahogo está vedado, carece de asidero técnico y constitucional. En lo técnico, ese argumento es cosa del pasado. Y en cuanto al tema de fondo, ninguna ley humana, y creo que tampoco divina, puede derogar una meada. Cuando me refiero tímidamente a la ley divina, no quiero con esto molestar a nadie. No es un efluvio ateísta. Digamos simplemente que si el Creador nos dotó de una vejiga limitada, por todopoderoso que Él sea, tiene que atenerse a las consecuencias.

Depardieu reaccionó, como todo un revolucionario francés, y utilizó el alfombrado pasillo para reafirmar su libertad. Es un acto que lo honra. El mismo que proclama Camila cuando utiliza la alfombra de la sala principal para proceder al desagüe. Solo que mientras Depardieu gritó liberté en ese momento sublime, Camila recordó su naturaleza infrahumana y se libertó a ladrar egalité. Ella es respetuosa pero aspiracional.

Pero una cosa es la micción y otra muy distinta la otra necesidad que corre parejamente con ésta. Lo que los papis pudorosos llaman la número dos. Porque en esto tenemos ejemplos recientes muy poco edificantes. Es el caso del doctor Corzo, presidente del Congreso, quien inauguró su mandato con una primera deposición: proclamó la necesidad de revivir la inmunidad de los congresistas. Digo deposición en el sentido de “declaración”, algo que permite el castellano. ¡No seáis malpensados!

Luego apareció la idea de castigar a las mujeres que han sido violadas o cuyos hijos van a vivir una vida de perros. Esto no lo acepta ni Camila, quien se apresta ya a votar negativamente el referendo conservador.

La tercera deposición se refiere a las pobres viejecitas del Congreso que con tan magro sueldo de 21 millones no tienen ni para gasolina. El panorama es enternecedor. Tiene razón el presidente Corzo. Si Ecopetrol produce gasolina y Ecopetrol es empresa estatal, ¿cómo no mantener tanqueados a los padres de la patria? El Presidente Corzo ha dicho que es mejor tanquear que robar. Es algo elemental, señores. Por eso, hay que oponerse al proyecto de Velasco. Sin subsidio, no habrá Fiscalía que valga para contener el robo. No es una amenaza de Corzo. Es una premonición.

Y como toda gasolina es poca, pues a comprar carros nuevos. De a dos por Congresista. ¡Y que siga la fiesta!

El axioma es pues como sigue: mear es derecho humano. Pero defecarla a diario no se le debería permitir ni al presidente del Congreso.

 

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