Por: Salomón Kalmanovitz

Mecanografía

INTENTO RECUPERAR LOS PASOS QUE me condujeron a la escritura. Lo primero que encuentro es una difusa memoria del Colegio Americano para Varones de Barranquilla.

Se trata de un curso de mecanografía, dictado en un salón con unas 20 máquinas de escribir Remington, cuyas teclas están tapadas. Debíamos aprender a escribir sin mirar el teclado. Yo hacía trampa y escribía en lápiz difuso las letras correspondientes, para disipar la inseguridad de equivocarme.

De esta manera aprendí a escribir a máquina mirando con el rabillo del ojo las teclas, y claro, perdiendo eficiencia. Pero fue un logro importante que con la práctica constante me devolvió velocidad. Contaba ya entonces con una herramienta para poder escribir, aunque no era estrictamente necesaria: mucha gente lo hacía a mano y le pedía a una secretaria que les transcribiera. Su importancia la pude deducir al tener colegas de mi generación que nunca aprendieron mecanografía y quienes difícilmente pudieron incursionar en el mundo digital. Escriben en el computador, si acaso, con dos dedos y sin la facilidad para hacer ajustes del texto.

El curso comenzaba con ejercicios de qwert y otras combinaciones de letras para aflojar los dedos y adquirir velocidad. Después venían cartas comerciales, cortas y puntuales. “Por medio de la presente le informo que usted está en mora”. “Me suscribo, atentamente”. Y estaba la estructura de las cartas: ciudad y fecha, 4 espacios y Estimado señor tal: dos espacios, saludo breve y objeto de la misiva. Dos espacios y despedida, “sinceramente”. Cuatro espacios,  nombre y firma del remitente, con copias, CC, para otras personas si las había.

Mi padre me observaba practicar en la casa con una máquina Olivetti que traía de la cacharrería y que se volvía a llevar cuando le tocaba escribir cartas a los clientes. Él era de Bielorrusia y nunca aprendió a hablar bien el español y menos a escribirlo. Sus cartas estaban llenas de errores de ortografía, poco usaba las mayúsculas y no dejaba espacios entre los apretados párrafos.

Un día me pidió que le escribiera unas cartas y lo hice sabiendo que me iba a reconocer mi valía, por lo menos en alguna cosa. Desplegué todo mi conocimiento y quedaron unas cartas impecables, con sus respectivas copias por el procedimiento de papel-carbón. Me siguió trayendo cartas para contestar o él me las dictaba inconmovible. Sus clientes eran de pueblos de Magdalena y Atlántico, algunos de Bolívar, que se venían a surtir de la cacharrería que les vendía al por mayor. Dejaban cheques posfechados que frecuentemente rebotaban y en las cartas había que decir eso: que si no reemplazaban ese medio de pago, los entregaría a una dura empresa de cobranzas.

Un día estaba en el almacén y llegó un cliente con una de “mis” cartas en la mano y le dijo a mi padre que era una misiva muy bonita, que lo había impresionado; buscaba alguna manera de alcanzar un nuevo acuerdo de pago. Mi papá me señaló lleno de orgullo, sonriendo, y le dijo: las escribe mi hijo que estudia bachillerato. Él era muy poco expresivo, muy lacónico quizá para esconder su pobre español, y fue una de las pocas veces que sentí que me apreciaba y me amaba.

Pasó mucho tiempo para que ganara conciencia de que tenía algún talento como escritor, en la Universidad de New Hampshire escribiendo un ensayo de filosofía que el profesor me pidió leer en clase y, con un público mayor, en el periódico clandestino La Gaceta Chibcha de Nueva York.

 

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