Por: Fernando Toledo

Medallas de oro

Este año le fue bien a Colombia en deportes. M. Pajón, Falcao, Rodríguez, entre otros, consiguieron que sonara en el mundo con retintines distintos al repiqueteo de las ametralladoras o al frufrú de las bolsas de coca.

Sin embargo, más allá del deporte y aún de lo literario, por citar un aspecto que brilla de la cultura nacional, hay actividades menos publicitadas y que, en una paradoja de enigmas, son más silenciosas. La música, y en particular la académica, es una de ellas. Poco se sabe aquí de los triunfos de Andrés Orozco en la dirección orquestal o de los de Juanita Lascarro en la ópera. Ellos, al igual que otros que andan por el mundo, le dan lustre a su tierra en terrenos complejos y que exigen, además de sacrificios, una disciplina tan dura o aún más que aquella que reclama el deporte.

La reflexión se me ocurrió a propósito del primer recital en el país, en la sala de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, de una soprano aún poco conocida entre nosotros, nacida en Buenaventura, que abordó un programa difícil y variado donde además de lieder —Debussy, Strauss y Wagner— se incluyeron paradigmas operáticos, y que de la primera a la última nota conmovió por el nivel excepcional. Con seguridad los públicos del mundo, en particular los ámbitos cultos que, en términos de generar opinión, tanto importan, oirán hablar de la colombiana Betty Garcés, quien tras varios años de estudio y, estoy seguro, de sacrificios sin tasa en Alemania, regresa por estos días a Colombia para ofrecer, acompañada por el notable pianista Alejandro Roca, cuatro conciertos a beneficio de algunas instituciones en Bogotá, Cali, Popayán y Medellín.

Esta soprano lírico spinto, con la capacidad de abordar algunos de los más reconocidos papeles del genero, como varios de Puccini, muchos de Strauss, alguno de Wagner, unos cuantos de Verdi e incluso roles de la ópera francesa, posee un bello timbre y un color que recuerda, por momentos, a algunas de las grandes divas del siglo XX. Entre esos pianísimos casi etéreos y los escalofriantes agudos de impecable limpieza, se descubre en ella esa poco común capacidad de transmitir y de emocionar que es el mayor don que puede tener una gran cantante. Pero lo que más sorprende, además de la ductilidad de un instrumento apoyado en la riqueza de la mezza voce y en la tersura, es la serenidad que proyecta y que pone de presente la desenvoltura en la emisión y una naturalidad a toda prueba. Para resumir, no me cabe duda de que en el futuro, Betty Garcés, en su terreno, le proporcionará a Colombia no una sino muchas medallas de oro.

* Fernando Toledo

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