Medellín es más

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Hace unos días un amigo salió y su carro se fue a un hueco. “Imagínese hermano, me quedé varado durante tres horas”.

Esta semana Mauricio llamó a saludar a un amigo. Quería contarle que al cabo de casi dos años por fin había conseguido un trabajo, una pequeña asesoría en un pueblo vecino. Y entonces se enteró que ese amigo se había muerto.

Juan, quien ama la fotografía y las caminatas, cogió la bicicleta para ir a la ciclovía y no bien había pedaleado dos cuadras, se enteró de que aún no está abierta y le pareció muy extraño. “Deberían de abrirla ya”, pensó. “Ya han abierto muchas cosas”.

Mi amigo Diego, el viernes salió a caminar y se le quedó la bolsa para recoger las heces del perrito. Y entonces le tocó devolverse para su casa.

Otro amigo, otro Mauricio, todos los días sale a caminar por la ciudad. Lleva ocho meses sin trabajo, pero no es capaz de quedarse encerrado y, mientras tanto, sale a buscar historias para luego compartirlas en sus redes sociales.

Una profesora amiga a quien le faltan muy pocos días para jubilarse, anda feliz porque cree que en pocos días volverá a ver a sus estudiantes. “Me hacen falta los niños”, dice. “Además yo no sirvo para estarle hablando a una pantalla”.

Julio, medio poeta medio bohemio, sueña en el momento en que podrá desatrasar todos los besos y los brindis de esta larga ausencia.

Marco hace poco salió a caminar, y sus pasos lo llevaron por Junín, luego por Bolívar y terminó al frente del Salón Málaga y lo vio cerrado. “Me dieron ganas de llorar”, confiesa.

Mi amigo J. es político. Dice que cumple la cuarentena, pero que no ve la hora de volver a los pueblos. “Hermano, la política sin el contacto con la gente no tiene sentido”, reflexiona.

Carlos es comunicador y todos los días se levanta, lee un rato, se entristece con la corrupción de este país, y luego se mete a las redes sociales a ver si por fin aparece una vacante. “Ya tengo pena con mis padres, ocho meses sin trabajo y sin poder aportar nada en mi casa”, comenta. “Además ya me quiero sentir útil”.

Diana es enfermera. Dice que este año no ha descansado y que no ve la hora de que “esto termine y poder irse siquiera una semanita para Coveñas”.

Todas estas personas habitan Medellín. Y más que habitarla, la sueñan, la padecen, la caminan, la inspiran, la evocan, la transpiran. A cada mañana, más de dos millones de habitantes de esta ciudad se levantan, se bañan, desayunan, pelean, leen, discuten, almuerzan, caminan, fornican, se emborrachan, salen a comprar pan o leche o papas para el almuerzo, o van a trabajar a la Alpujarra, o a una empresa en el sur, a manejar su bus o su taxi, a dar clases en el colegio o en la universidad, o se toman un café, y llaman al novio o le escriben por chat, a ver qué tal, cómo amaneces… O llaman a un amigo, a ver si les ayuda con un empleo, “me avisas si te enteras de algo”…otros se acuestan a ver una serie en Netflix y ahí se le van las horas, otro va a la tiendita de la esquina y se toma una cerveza y le pregunta al vecino si “sabe quién es esa que va ahí”, y se alegra cuando en la emisora ponen un tango o una de José José…el otro se va con una pala al lado de donde sacan arena a ver si resulta una volqueta para llenar, otro llama al amigo que tenía restaurante “hay que colaborar” y le compra un domicilio. Otro ofrece un libro de segunda, otro ofrece uno que escribió. Otro es mensajero y sonríe porque, “vea, usted”, en esta pandemia a mi me ha ido más bien.

Esta es la Medellín del día a día. Hay otra Medellín y es esa que se regodea, con razón, en su historia. La Medellín del Hospital San Vicente y sus trasplantes, y la del Teatro Pablo Tobón y sus conciertos, la del Metro y la sede de la Universidad de Antioquia, la del Parque Explora y la del Metrocable. La Medellín de su Basílica Metropolitana y su monseñor Tiberio, y la de la carrera Junín y su ácido Alberto Aguirre. La Medellín de las puticas de La Veracruz y las del Parque Lleras.

Hay tantas medellines en esta Medellín y hay tantas historias épicas y también anónimas y anodinas como las de mis amigos. Y sin embargo esa ciudad y esas historias parece que en estos días no existieran. Por ejemplo, aproximadamente unos 500 mil medellinenses están –estamos- desempleados pero eso no aparece en las agendas. Ni el “rebusque” ni la corrupción ni los presos ni los niños encerrados ni los trasportadores que “pasan aceite”. En Medellín la de estos días lo único que importa es quién ocupa una decena de sillas en una Junta Directiva. Los que tenemos los pies o el corazón, o ambos, en esta ciudad, desde hace unos días asistimos a una lucha donde es lo único que importa. La ciudad se dividió en dos bandos: unos que ahora gobiernan y que reclaman sus puestos en esa Junta y que tilda de malos a los que antes estuvieron; y los otros, los que perdieron –pero que siempre habían ganado- que dicen que no, que ellos merecen seguir en esa Junta, y que los malos son los que ahora gobiernan. Y entonces, desde las dos trincheras, dicen que no es solo lo de la Junta, y también se arrogan el derecho de representarnos en otros asuntos y dicen que nos quieren salvar los unos de los otros.

Y todos dicen ser los dueños de la razón, y hasta razón tendrán. Pero lo cierto es que unos y otros nos tienen en esta pelea que muchos ni siquiera entienden porque lo que verdaderamente le interesa a la mayoría de esta ciudad –y no a esos 20 o 30 que ayer u hoy gobiernan― es ver cómo sobreviven a estos días inciertos, cómo carajos volver a conseguir un empleo; cómo hacer para no morir de hambre o de COVID, o de cáncer que también sigue matando… cómo pagar unas tarifas de servicios públicos o a conseguir lo del arriendo o la cuenta del banco; cómo llenar esa nevera que cada vez se ve más vacía...

Unos y otros deberían mejor dejar los egos, Junta-rse, y trabajar de verdad por esos que también existimos, somos y nos duele Medellín y que nunca ni siquiera veremos, desde detrás de la vidriera, esas Juntas.

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