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hace 1 hora
Por: Reinaldo Spitaletta

Medellín: flores y balas

Medellín tiene cara de muchacha bonita, como lo señaló un cronista de hace tiempos. Y, aun ahora, con todo su laberinto de miedos, la ciudad, tal vez pensada en los últimos años para turistas, mantiene ese rostro de chica en flor. No hay duda: tiene una infraestructura moderna y agraciada, aunque en los barrios pobres ésta sea muy distinta, sin rebuscadas estéticas ni arribismos.

Medellín, sí, la misma que fue pionera de la industria textil en Colombia, la del “loco” modelo empresarial, la de los obreros y Los Panidas, la que en otro tiempo no dormía en el turbulento e histórico sector de Guayaquil, la de la aquella villa con “gente necia, local y chata y roma” que cantó De Greiff, la de Carrasquilla y Mejía Vallejo, es hoy una urbe insegura, asediada por el hampa, convertida en “cueva de ladrones”, en la cual ni siquiera el profeta Gonzalo Arango podría hoy estar “a solas contigo”.

Medellín, la de los barriecitos altos en los que cada noche las balas zumban, está azotada por la violencia. Son, otra vez, múltiples los diagnósticos. Que se trata de una consolidación del paramilitarismo en la ciudad, con sus viejas y nuevas bandas, con sus disputas territoriales y sus aires de criminalidad. Que hay una lucha entre las fracciones de aquello que se quedó en el imaginario colectivo como las “convivir”, que tienen millonarias rentas en el cobro de “servicios de seguridad”.

Otros advierten que en Medellín, para efectos de control en las barriadas de los excluidos, se mantiene el reino del miedo entre jóvenes y viejos para que éstos no se levanten de otros modos contra el Estado, para que sus voces no adquieran el tono de la rebeldía, para que sigan siendo una suerte de “rebaño desconcertado”, que mejor se maten entre ellos. Eso dicen por ahí, en cafeterías y centros académicos.

En cuanto a aquellas organizaciones criminales que cobran “seguridad”, es decir, vacunas y extorsiones a los comerciantes, incluidos los de las pequeñas chazas y los vendedores al menudeo de cigarrillos y dulces, se dice que sus recaudos son multimillonarios. Los montos para los establecimientos oscilan entre doscientos mil y dos millones de pesos semanales. Se dice que los casinos son los que más cuotas altas tienen que pagar. Por supuesto, quienes se resisten al cobro, son víctimas de asaltos y otros modos de presión.

Cómo será la situación, que de las “vacunas” no se libran ni los llamados “escaperos” (ladrones de mercancías en supermercados y otros almacenes), que deben pagar entre cincuenta y cien mil pesos con el fin de que los “dejen trabajar”. Es fama que las extorsiones se extienden a las flotas y propietarios de buses, lo que en las últimas semanas no sólo ha causado la muerte de varios conductores, sino además los paros y protestas de los mismos.

Otro diagnóstico da a conocer que las mafias del narcotráfico dominan la ciudad y son las encargadas de la movilización de armamento y la conformación de pandillas. Los tiroteos ahora no son con “changones” ni revólveres hechizos. Hoy se utiliza armamento sofisticado. ¿De dónde procede todo esto? ¿Desde cuándo se consolidaron el narcotráfico, el paramilitarismo y otras pestes en amplios sectores de Medellín?

En Medellín ha aumentado el desplazamiento forzado intraurbano y en muchos sitios se mantienen los toques de queda y el régimen del terror impuesto por las bandas armadas. Ahora los pistoleros llegan a los lugares de congregación social y disparan sobre la gente, como acaeció el pasado fin de semana en un barrio del noroccidente de la ciudad.

Desde hace unos tres años la situación de inseguridad ha aumentado en la ciudad. Se sabe que entre 2004 y 2007, se redujeron los homicidios, debido al poder hegemónico que tuvo en Medellín alias Don Berna, según lo reportaron en su momento organizaciones de investigación social. Hoy, según parece, las estructuras criminales en Medellín “gozan de cabal salud”.

Medellín sigue teniendo cara de muchacha bonita. Sin embargo, la ciudad de Botero y Pedro Nel Gómez, de Darío Ruiz y Fernando Vallejo, de los violinistas de barrio y los teatreros persistentes, vive hoy en la zozobra y los desamparos. ¿Hasta cuándo?

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