Por: Lisandro Duque Naranjo

Medellín, hermano

CADA QUE DESCIENDO POR LA AVENIda Las Palmas de Medellín, de hace dos agostos para acá, me asalta la melancolía. Es un rapto intimista que no se deja perturbar por esos estaderos de las orillas colmados de chicharrones de tamaño peligroso, ni por el vértigo de tantos bólidos ansiosos de llegar a esa urbe que vibra allá abajo, sobre el Valle de Aburrá.

En esa agitada avenida, hace dos años, a las siete de la noche, mi hermano Fernando -un poco mayor que yo pero con cuatro enfermedades simultáneas y bravas que lo hacían parecer del doble de su edad y evidenciaban su condición terminal- fue recogido por un taxista al que le causó conmoción verlo perdido e indefenso en semejante tráfago. Mi hermano se había volado de la casa de sus hijos y mujer, a las ocho de la mañana, diciéndoles que iba a tomarse un tinto en la esquina, algo que hacía a diario, luego de lo cual regresaba, callado como una esfinge y algo huraño, a ventanear el paisaje urbano desde su casa, ubicada más arriba del muy faldudo barrio Buenos Aires. Pero esa vez no volvió, lo que regó a su familia por el vecindario a preguntar por él y a escuchar que sí, que lo habían visto pasar, cansado como siempre, y que de seguro no estaría lejos. También cumplieron angustiados, obviamente, los trámites de ir a comisarías, y ya por la tarde a Medicina Legal, lo usual en estos casos.

Como él vivía insistiendo en irse, no se sabe para dónde -quizás a Sevilla, nuestra tierra, de donde tres meses antes había pedido que se lo llevaran para Medellín, pues no sentaba cabeza en ningún lado-, sus hijos le proveían escasa plata para gastos menores, que él se tiraba en varios tintos y en cigarrillos menudeados que le producían unas toses con las que se deshacía de los penúltimos pedazos de pulmón que le restaban de un enfisema implacable.

Aunque a la historia clínica de mi hermano la empeoraba su "síndrome de la bata blanca" (pánico a la medicina, de la que era un fugitivo con espectaculares escapadas de varios hospitales, para no hablar de los bloques de búsqueda que tocaba montarle para ingresarlo a ellos), ese no es el tema propiamente de esta columna, aunque desde luego es un componente necesario.

Nunca pudo saberse cómo se las arregló para llegar hasta el distante paraje de la Avenida de las Palmas donde lo encontró el taxista y solidariamente lo condujo hasta el CAI de Oviedo. Andaba sin cédula, no se acordaba dónde quedaba su casa y escasamente pudo balbucear su nombre. Lo único que alcanzaron a entenderle era que tenía sed, lo que tanto el taxista como los policías remediaron comprándole una gaseosa helada que se despachó de un viajado a pico de botella. Ni siquiera tuvo fuerzas para decir "gracias".

Uno de los policías le encontró en un bolsillo un viejo papel doblado que abrió con maña para no desbaratarlo, y descubrió el tesoro de un número de celular al que de inmediato llamó. Era el teléfono de la hermana nuestra, María Teresa, que respondió desde Cali, donde vive. El resto fue cuestión de llamar a los sobrinos a Medellín e informarles dónde estaba el papá.

Por suponerme inútil ante la emergencia en vista de que vivo en Bogotá, sólo me contaron todo eso cuando ya Fernando estaba en su casa. Apenas recuperándose de su periplo, y cuando con afecto lo recriminé por su acción -yo siempre fui un alcahueta con él-, me respondió como si su odisea hubiera sido deliberada: "Tranquilo, hermano. De vez en cuando es bueno perderse". Quince días después murió. En su funeral, todos tuvimos la tranquilidad de saber dónde estaba, sin preocuparnos para dónde se había ido.

El pasado fin de semana estuve en Medellín de nuevo, en el festival de cine que tiene lugar allí cada agosto. Bajando por la Avenida de las Palmas, sentí la urgencia imposible de conocer algún día, por azar será, al taxista samaritano y a los policías providenciales, para darles las gracias.

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