Por: Reinaldo Spitaletta

Medellín: peligroso pero feliz

Como lo dijo un poeta muerto: Medellín es ciudad de metra, metro y mitra, y claro, tiene historia de muchacha bonita, infraestructura interesante y olor a pan en muchas de sus esquinas. Sí, me consta, tiene gente hospitalaria y el trabajo ha sido parte de su cultura. Quizá, como en otras ciudades, a uno le toca que le hagan el “paseo de la muerte” de clínica en clínica, porque el rubro de la salud hace rato que se acabó –se enfermó y se murió- en Colombia.

Como las otras ciudades, Medellín tiene, como es obvio, politiqueros y también medios de información (?) que no investigan la ciudad ni por ejemplo, hacen seguimiento a lo que es el martirio de las Eps y las Ips para sus usuarios, cómo tratan (maltratan) a los pacientes (o clientes, según se estila), los humillan, los angustian y los devuelven a sus casas (cuando no al cementerio) en peor estado del que llegaron.

Medellín, cuya toponimia procede de Quinto Cecilio Metelo, fundador de Metellinum, en Extremadura, de donde además era el conde de Medellín, Pedro Portacarrero y Aragón, amante, según las buenas lenguas, de Ana de Austria, la misma que en 1675, por cédula real, declaró existente a la Villa de la Candelaria de Aná, hoy la fulgurante y peligrosa Medellín. Lo de Metelo se ha prestado a diferentes suspicacias y por eso, quizá, no era raro, que en esta villa de “gente necia, local y chata y roma” hubiera en tiempos viejos nueve zonas de tolerancia; la mayor de todas, como una París festiva, como una barriada de carnaval permanente, era Lovaina, donde se dice, pero sin documentación suficiente, se echaron las bases del Frente Nacional.

Medellín, cantada, radiografiada y mejor retratada por Carrasquilla en Frutos de mi tierra, en Ligia Cruz y Grandeza, además de muchas crónicas; la misma de Los panidas (que eran trece) y de los asustadores de beatas que se hacían llamar nadaístas, es, hoy, sí, una ciudad atractiva por fuera, pero por dentro es otro mundo, oscuro y malandro, atravesado por el narcotráfico, las pandillas, los pistoleros, los que imponen la ley del más duro y del más violento. Sí, de los que atropellan y dicen por dónde, en determinados barrios, debe andar la gente. Los que, además, decretan el toque de queda.

Sí, es lindo tener parques bibliotecas y seguir esperando el metroplus. Quién dice que no. Y estar pendientes del tranvía, que ya vendrá. Sin ser novedad, porque lo tuvimos desde 1921 hasta 1952.  Medellín la de los nuevos ricos, los arribistas, los esnobistas (insisto: ya nos retrataron escritores como el de Santo Domingo, y Jaime Sanín, y Fernando González y Vallejo, y hasta Gonzaloarango que se quedó a solas con Medellín y casi se muere del susto y de melancolía por tanta chimenea y tanto amor al gran señor don dinero), es hoy, digo, una ciudad de miedo.

No importa que en los medios poco se registren las tragedias cotidianas de las muchachas a las que les roban un celular, la moto y hasta los cuadernos; ni de los tiroteos en las barriadas, ni de los miles de “vacunados” (tenderos, zapateros, vendedores de escobas, cigarreros, mazamorreros, en fin). Hasta Fenalco ha dicho que sus asociados tienen que pagar 40 mil millones anuales a “los muchachos que día a día cobran la ‘vigilancia’. Si no pagan, se atienen a las consecuencias (atentados, robos, etc.). Las “convivires”  saben cobrar bien. Y asustar también.

Medellín, la de las colinas superpobladas, vive, como dicen las señoras, muy contenta, pero insegura. Cada que va a finalizar un gobierno, se escucha lo mismo de parte del mandatario saliente: Medellín es un gran vividero. Qué importa que haya atracos, asesinatos, narcotráfico, paramilitarismo, bandas criminales y corrupción, porque, lo que cuenta, es que sigue siendo ciudad bonita, la “Tacita de plata”, todavía de buen clima. Y con eso es suficiente. Somos felices.

El fuego secreto, una novela de Vallejo, finaliza con Medellín en llamas. Hoy, el incendio no es tan metafórico. Es real y podría quemar a más de un funcionario prepotente. Y, por lo demás, mentiroso.

 

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