Por: Esteban Carlos Mejía

¿Medellinizar la innovación?

¿Es Medellín una ciudad única, privilegiada, inmaculada? ¿O son muchas ciudades dentro de una?

Una que tampoco es una, pues Medellín es una conurbación abigarrada y caótica en el valle de Aburrá, con cuatro o cinco municipios ceñidos al norte y al sur: Bello, Envigado, Itagüí, Sabaneta, La Estrella. Una ciudad fantasmagórica.

La Comuna 13, al occidente, es una Medellín, con sus escaleras eléctricas, su metrocable bamboleante entre brisas y balazos, su parque biblioteca, sus esquinas y fronteras invisibles, martirizadas por la pobreza y la violencia: allí te descuartizan por una pendejada o por una millonada. La Comuna 8, en el oriente, es otra Medellín, con sus barrios enclavados en lomas traicioneras, La Sierra, 8 de Marzo, Enciso, y sus combos de adolescentes y postadolescentes armados hasta los tenis, sin bibliotecas ni escaleras ni metrocable ni centros culturales.

¿El Parque Lleras con sus bares y restaurantes y cuchitriles, repleto de muchachas hermosas, nativas, naturales y/o artificiales, asediadas por gringos o europeos en chanclas buscando un sitio para tomarse un trago, bailar o contratar prepagos, no dos o tres como antes, el dólar a $1.800 no es tan afrodisíaco como a $2.000? Otra, pero otra, Medellín. ¿Y El Poblado, tope de topes, con sus más de 120.000 habitantes apeñuscados en casas y torres con nombres extravagentes, Altos de una cosa, Jardines de la otra, sin vías suficientes, sus deslumbrantes carros atrancados loma arriba, loma abajo, y sus centros comerciales, cavernas de Saramago, y todos ahorcados por el predial y la valorización? Una Medellín de plástico.

¿El Centro? Mugroso, revuelto, maloliente, infame, con sus vacunas y politicastros a pie y decenas de hombres y mujeres durmiendo a la intemperie, socorridos apenas por los aguapaneleros de la noche, el despelote de la innovación. Otra Medellín, una más. ¿Laureles? Un semi Poblado con sus apartamentos lujosos y aparentadores, sus camionetas de vidrios polarizados y rines de muchos aceros, y sus calles inseguras, una ciudad “local y chata y roma”, a lo León de Greiff.

¿Y Santodomingo, con su metrocable y su parque Biblioteca España, inaugurado por los mismísimos Borbones, en la mera pepa del morro, con su paisaje surrealista, un barrio que, al menos de dientes para afuera, dejó atrás el conflicto, la guerra, la antiinnovación? Otra Medellín. ¿Belén, con su biblioteca de arquitectura japonesa y su espejo de agua, que las gentes sencillas a veces confunden con un patio inundado? Y así, territorio a territorio. Castilla. La América. Moravia, con su centro cultural que tanto descresta a The Wall Street Journal, vocero de las transnacionales y el Consenso de Washington. ¿A cuál Medellín le dieron el premio de innovación? A todas y a ninguna.

Porque una cosa es la innovación y otra la equidad social. Ya lo hizo ver, a su manera, el arzobispo Ricardo Tobón Restrepo, con un cuestionario de aguafiestas. ¿Qué hacer para cambiar las cosas en Medellín? Poco y mucho: defender la soberanía, el trabajo, la producción y la democracia. Esa sí sería una innovación innovadora, una medellinización utópica pero verdadera.

Rabito de paja: ¡Feliz post Día de la Mujer!

 

 

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