Por: Klaus Ziegler

Media vita in morte sumus

Marchamos por la vida a través de un sendero estrecho sin advertir las amenazas que se ciernen a cada lado del camino. Pero a todos, sin excepción, la enfermedad y la muerte nos recordarán un día cuán efímera y deleznable es la frágil condición humana.

Ver morir de cáncer a un ser querido puede ser, entre las tragedias, una de las más devastadoras. Pocos sufrimientos se le comparan: los interminables ciclos de esperanza y desilusión, los tratamientos inhumanos, la ilusión fugaz de haber vencido la muerte solo para comprobar más tarde el regreso del mal, para ser testigos impotentes de una enfermedad que irá consumiendo a nuestro ser más amado hasta el día del adiós definitivo.

El cáncer es en sí mismo un microcosmos regido por las ubicuas leyes de la evolución. En el interior de un tumor, un mosaico de células mutantes compiten por recursos, por espacio vital, por evitar la depredación del siempre vigilante sistema inmune. El nuevo tejido compite con su anfitrión: lo rodea, lo presiona, lo intenta destruir. En su carrera frenética por dispersarse y colonizar nuevos órganos, las células malignas cooperan entre sí y hasta llegan a desarrollar su propio sistema de vasos sanguíneos. El cáncer representa la esencia misma del fenómeno vital en su lucha absurda por diseminar su estampa genética, por dejar cada vez más y más descendencia.

Resulta paradójico: conocemos tantas cosas del universo a escala cósmica y, sin embargo, aún ignoramos cómo detener la diminuta maquinaria bioquímica de una célula que se duplica sin control en una revolución suicida que terminará aniquilando a su propio huésped. El problema es complejo, pues las trasformaciones genéticas suelen ser de naturaleza variada, desde mutaciones puntuales y translocaciones cromosómicas, hasta la ganancia o pérdida de un cromosoma completo. Bajo la palabra “cáncer” se agrupa una constelación de enfermedades diferentes cuya etiología apenas comienza a descifrarse.

Después de décadas de investigación, la ciencia médica ofrece una luz de esperanza en la lucha contra una de las formas más agresivas del cáncer de la sangre: la leucemia linfoblástica aguda; y contra una de las más frecuentes: la leucemia linfocítica crónica. En esta clase de malignidad, los linfoblastos (glóbulos blancos inmaduros) comienzan a multiplicarse con increíble rapidez para luego acumularse en la médula ósea, en el sistema retículo endotelial (los carroñeros del sistema inmune) y en el sistema nervioso central. El proceso termina entorpeciendo la formación de linfocitos sanos. La enfermedad conduce inexorablemente a la muerte cuando no se interviene a tiempo. Y aunque muchos tratamientos suelen ser exitosos en pacientes muy jóvenes, en adultos, la leucemia linfoblástica aguda es de pésimo pronóstico.

No obstante, un equipo de científicos del Centro de Cancerología de la Universidad de Filadelfia, dirigido por el doctor Carl June, parece haber descubierto la primera terapia eficaz en el tratamiento del cáncer de la sangre. El ensayo clínico, conocido como CTL019, constituye “una revolución médica”, en palabras de la Administración de Drogas y Alimentos de Estados Unidos. En el cáncer, las células malignas regularmente escapan el radar de vigilancia del sistema inmune; por ello proliferan sin control. Pero en la nueva terapia ninguna célula cancerosa encontrará refugio antes de ser descubierta y luego destruida por células asesinas preparadas previamente en el laboratorio [1].

Poseemos un tipo de células llamadas linfocitos T, algunas de las cuales perduran de por vida en el timo. Es la razón por la que permanecemos inmunes a ciertas infecciones después de haberlas contraído una sola vez. En el tratamiento del doctor June, linfocitos T del propio paciente se modifican genéticamente de tal manera que logren reconocer y unirse a un objetivo (antígeno) llamado CD19, presente en las células cancerosas. Tras la reingeniería, los antes apacibles vigilantes vuelven a introducirse en la sangre del paciente, convertidos ahora en “células T del receptor de antígeno quimérico”, verdugos imparables, capaces de reconocer y destruir hasta el más oculto de los mutantes malignos.

En el hospital de Filadelfia, 30 enfermos de leucemia linfocítica aguda (25 niños y 5 adultos) se sometieron a la nueva terapia inmunológica. Después del tratamiento, en 27 pacientes (90 por ciento) se observó una remisión completa del cáncer durante varios meses. De ellos, 19 permanecen hoy libres de la enfermedad. Los resultados aparecen en el New England Journal of Medicine, en su publicación de octubre de 2014 [2].

Después de cientos de experimentos, la CTL019 parece ser la terapia celular más esperanzadora. Años de investigación han permitido desarrollar técnicas para enseñarle a nuestro propio sistema inmune a reconocer distintas variaciones genéticas presentes en el cáncer. El último obstáculo, el más difícil de superar, fue fabricar células T capaces de permanecer activas durante largos períodos de tiempo. El ensayo clínico constituye un triunfo extraordinario entre las terapias de tipo celular.

Sumas exorbitantes de dinero que podrían destinarse a la investigación médica se despilfarran cada año en programas espaciales. No hace mucho el mundo aplaudía el abrupto descenso de un robot en una roca gélida en los confines del sistema solar, para hallar solo hielo y piedra congelada, mientras aquí, en la Tierra, todavía no encontramos la manera de asegurarnos el alimento (tres millones de niños mueren de hambre cada año), y no sabríamos cómo detener una pandemia o cómo curar cientos de enfermedades más devastadoras que todas las guerras juntas.

Los misterios más trascendentales, los más relevantes a nuestra propia existencia se encuentran aquí, dentro de cada ser vivo. El significado del genoma, ese libro arcano y antiguo que encierra la historia prolija del trasegar milenario de la vida sobre la Tierra, permanece aún sin descifrar. Se esconden en sus páginas los mecanismos del envejecimiento, del alzhéimer y de uno de los peores flagelos de la humanidad: el cáncer. A pesar de toda la sabiduría humana, cabe aún repetir en coro la antigua antífona latina: media vita in morte sumus, en medio de la vida estamos en la muerte.

[1] http://www.chop.edu/centers-programs/cancer-center/t-cell-therapy-ctl019#.VSAHKPmG-vQ
[2] http://www.nejm.org/doi/full/10.1056/nejmoa1215134

 

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